jueves, 26 de mayo de 2011

La Ironía

Sentado entonces, pretendiendo siempre, que por miedo jamás me atreví serlo, escribí líneas que provinieron de la nada, quizá desde el mismo silencio que la vida forjaba cuando uno la contemplaba. 
Era cruel, los sueños se marginaban por repentinos recuerdos que causaban dolor; era el silencio que solía oír un mártir, un inocente que jamás quiso toparse con verdades, ésas encrucijadas que erigían filosofías para que los hombres más tontos o más osados las dilucidaran. 
Implacable este dolor como fuera, nunca por obra divina el frío que nos hacía acurrucar en el lecho era arropado. El frío y el corazón encrespado eran la prueba del silencio que acogían al universo. 
Los mártires fueron aquellos que actuaban sin fe, porque sabían de su pena. Pese al silencio que siempre acosó nuestros corazones, y a ese vacío interminable del que sabíamos ninguna divinidad iba a pronunciarse, terminábamos siempre por caer rendidos ante un ruego que repentinamente nos devolvía la fe, al menos hasta que el miedo se alejaba de nuevo. Si, éramos demasiado hombres. Sin embargo, otros prefirieron entregar su vida, crucificados por sus propias dudas, desangrados por su orgullo y su terquedad; Entregados al nefasto vacío que los entristecía... muertos por esa, su fe. 
Al final todo era una tontería. 



Miércoles, 22 de agosto de 2007.
3:46 AM