jueves, 26 de mayo de 2011

Palabras inventadas (cuento)

Nota: Otro de mis "Cuentos de Puberto". Ahi tiene pa que lo desmenucen vivo!


Soñaba por leves instantes escapando de los gritos… gritaba y corría cegado hasta la cima de las montañas, olvidando por instantes. 
Las nubes eran entonces cruceros de anhelos disparatados, pues sólo el hombre podía comprenderlos cuando se creía loco en esos momentos únicos de soledad. 
Pero jamás los gritos quisieron consumirme mientras yo quería seguir soñando como un niño, arrebatas mis esperanzas por algo más que simples obligaciones o percepciones engañosas que otros personificaban sólo para encontrar identidades. También falsas. 
Al principio todo era tan calmo que los colores sólo eran eso. Las flores rebosaban de alegría (¡qué frase tan mentada!), pero esto era lo único que uno podía ver en los poemas antes que los que se creían doctos amenazaban con sus vanidades la humildad de una palabra. 
Yo seguía huyendo colina arriba con tanta prisa que volaba sobre resquicios de olvido… tan cerca de la locura que casi pude sonreír por eso. Jamás el viento osó enfrentárseme cuando yo lo combatía con mi rostro, sus garras no eran morbosas como los enfermos ojos de los condenados mortales allá abajo. Tan sólo bastaba dejar de correr exaltado por el corazón. Tan sólo bastaba tirarse en el pasto sin preocuparse por velarse en oscuridad… miedo. 
Todo era tan presente que por breve instante pude sentir alegría. ¡Alegría! Así fue como supe que era hombre de nuevo, y que las nubes se alejaban disparadas por mis ojos encrudecidos, de pronto la montaña se mecía sobre mis pies porque quería tumbarme hasta las calles y paredes de mi ciudad. De nuevo caía. De nuevo era un animal entre edificios.
En el andén por el que caminaba los postes y las casas también se abalanzaron como espantosas visiones de condenas… se mecían asfixiantemente bajo humo negro, clamaban la agonía del hombre disfrazado con ropas, atrapados por sus correas ellos gritaban libertad con ridículas sonrisas de suficiencia mientras lo miraban a uno a los ojos, iluminado su rostro tal vez por sus camisetas de colores. 
Las calles grises sostenían la ruina de viejos imperios, recordados mas que por la piedra erigida de aquellos que buscaron los sueños porque la vida era demasiado cruel sin las añoranzas. 
A algunos les bastaba con soñar mientras veían pasar el tiempo advertido por la enfermedad o la desgracia ajena. Y los que pudieron descubrir absurdidades se quedaron mirando vacíos que los consumieron, en olvidos o suicidios. La resignación era el mejor método para sobrevivir, pues era inevitable ver flaquear las fuerzas que antes nos hacían rebeldes guerreros contra la vida, pero algunos se contentaron con alimentar la experiencia, tanto que se volvieron codiciosos. 
Al final yo tuve que huir de las calles tan azorado por el tiempo que mi corazón se estremecía. Y todo se redujo a tal simpleza cuando regresé a mi cuarto que sólo otras palabras inventadas salieron de mi boca, y cayeron sobre el papel manchado por fatalidades. 

9 de marzo del 2006