jueves, 26 de mayo de 2011

Idealismo (Cuento)

Quisiera compartir este pedazo de mí. Lo escribí cuando tenía 17 años, por allá cuando las cosas lo asustaban a uno menos que hoy. Tampoco me he tomado la molestia de corregirlo, preferí dejarlo fresquito para que lo puedan saborear =)


Entonces descubrí que me hacían falta las experiencias… no era suficiente estar supeditado por esa doctrina que llamaron existencialismo. La ipseidad hizo que matásemos a dios, pues Conocerse a uno mismo era realmente espantoso.
- No es sólo tristeza…
- Pero es que no entiendo tus argumentos. 
- Atrapada por la fe… ¿Podrías ver el vacío que hay frente a ti? No, tú sigues queriendo estar engañada. 
- ¿Engañada? 
- Esto es absolutamente necesario… ¿Por qué crees que hay tan pocos existencialistas? 
- Nunca me he topado con tal vacío…
- Jamás podrías… es absurdo. 
- Sigues con la idea de lo absurdo… 
- ¿Y qué tan difícil es aceptarlo? Depende de cuan afligido esté uno con la vida.
Hubo un largo silencio en el que ambos esquivaban sus miradas, pero fue inevitable escapar de las puertas bloqueadas del ascensor, donde un joven estudiante de filosofía, y una joven estudiante de psicología forjaban duelos entre argumentos. 
- ¿Qué hay del amor? –dijo ella al cabo. 
- Oh… eso es muy parecido a la fe. Resulta ser que el viejo dicho acerca del amor es invariable cuando se lo tiene como dios en un mundo desesperanzado y agobiado por la vanidad... y otras tantas cosas, precisamente esas que nos obligan a amar la acción, el resultado, y el objeto, o claramente dicho, el motivo: ése deseo que va fielmente pendido del amor. ¿Qué puedo decir ahora, respecto al ser que no pueda gozar de un propósito? El amor es apenas una variable en este caso… y no tanto por no desear o asumir una individualidad reforzada con fe, sino porque el deseo es insulso al desear la nulidad de su pensamiento. Y no cabe decir lo absurdo.
- Quizá hayas muerto antes que dios… -dijo ella con cierto aire de sarcasmo - pues parece que te resulta fácil vivir sin fe. ¿no es posible creer en algo incognoscible, al menos para nuestros sentidos? No estoy hablando de superioridades; “es sencillo matar a una cucaracha”.
- Como ya dije… no es sólo tristeza. ¿Y qué caso tendría? 
- ¿Y qué hay de las lágrimas, la lujuria? ¡Ay, por favor! Tantas cosas… no puede reducirse a una simple contemplación… 
- Es tan simple como eso. Contemplación. No resignación al aceptarlo… ni de forjarse un destino con los actos que siempre serán consecuentes. ¿Para qué tanta parafernalia enmascarando sentimientos o motivos? 
- ... por tanto, el propósito es la entelequia del amor, de un mortal; y, de un dios, si por consideración a esto fuera la palabra como tal. –susurró ella observando el suelo del ascensor. 
- Sí… si. –respondió él tomando por sorpresa a su interlocutora, mientras con una sonrisa ansiosa observaba las paredes asfixiantes que lo rodeaban. –respecto a eso prefiero no entrar en razonamientos… -dijo -¿Cuándo pondrán a andar esto? 
Afuera, en alguna parte de ése cubículo llegaban sonidos de golpeteos…
- ¿Qué pasa con este ascensor? –preguntó él en voz alta mientras observaba el techo. 
- Lo sentimos… -se oyó una gruesa voz afuera –falta poco, por el apagón tuvimos problemas con el generador. 
- Y tenía que suceder hoy… -susurró para sí. 
- Quizá sea tiempo de mencionar al destino… -dijo ella como amedrentada por lo que pudiese generar el comentario; y bien lo sabía ya: 
- ¡ay, por favor! No me des motivos para no hacerlo… lo que está sucediendo no tiene nada qué ver con el destino. Además, yo no hice nada para que esto sucediera… tan sólo se fue la luz. 
- ¿Por qué quieres hacerlo? 
Él se extrañó un poco con esta pregunta, pero al cabo respondió: 
- La verdad no me lo había preguntado… sucede que en el absurdo ningún “porqué” o “para qué” tiene significado. 
- ¿no depende de tu voluntad? 
- Sí…
- Pues tu voluntad está muerta si no responde a las trivialidades que acosan a un mortal. Simplemente tienes que actuar bajo la circunstancia, o no, pero siempre pendido a la voluntad…
- Como ya dije, no es sólo tristeza. –se defendió él.
De pronto el ascensor se sacudió levemente…
- Tranquilos, no es nada… en un momento terminamos –se oyó decir de nuevo desde afuera. 
- ¿Me harías el amor? –preguntó ella con lentitud, sin mirarlo a él siquiera, para no develar su artimaña con la mirada. Bien sabía él lo que esto significaba, y así respondió. 
- ¡Claro! Pero ¿en qué cambiarían las cosas? 
Ella reflexionó por un momento hasta que un nuevo argumento relució en sus ojos:
- Sugestión… olvido comprado para obtener felicidad. 
- Sí… pero también es placer enmascarado en supuestos sentimientos que no encrudecerían la escena. Engaños enaltecidos por el recuerdo que tuviste de la experiencia, y luego, cura u olvido para continuar por el camino. 
- No pueden ser tan simples las cosas… -dijo ella como decepcionada. 
- El problema es que todos se han tomado la vida demasiado en serio. 
- Simplemente son supervivientes. –se irritó ella.
- Sí, pero las armas que poseen en la batalla son cosas como la vanidad, el egoísmo o la conciencia de los actos dizque para no estar mercedado a ese destino del que tú hablas… y de los hombres nobles sólo queda mencionar que son los peldaños de esas sátrapas inmundas. 
- ¿Por qué? 
- Aquí no es irrelevante la pregunta: porque las cosas son como son; porque a la fe no se le puede exigir; porque de pronto supimos, vagamente, que estamos tan solos que preferimos el ensueño que todos viven diariamente. Un engaño. Mas, sigue siendo un absurdo por cuanto es una trivialidad que se tiene que enfrentar, o aceptar… pero más allá de eso no hay nada, sino el propio vacío inaceptable que no daría importancia a los misterios de la vida o la ciencia, porque una vez llegues hasta ellos dejarán de tener importancia. 
- Lo dices tan simple como una sentencia malintencionada… pero una persona ordinaria jamás entendería esto por el sólo hecho de que sus motivos están mercedados, o más bien, limitados a la fe impuesta por ellos mismo, sea cual fuere esta ¿no puedes convivir con ellos, sabiendo que de alguna manera ves a través de esas máscaras a las que ellos recurren para sobrevivir? Lo malo de ser ignorante es que todo se vuelve más complicado, gracias al infinito sistema de cuyos códigos esperan ser descubiertos o reinterpretados... lo peor de todo es que al parecer jamás podremos liberarnos de él, pues condenamos estamos a perecer en su orbe y nunca fuera de sus límites (si es que existen)... aunque para grandes masas estos límites son inaceptables porque de allí sigue la absurdidad... ¡Qué tan difícil puede ser aceptarlo! Tú ya lo has dicho, pero a la gente no le gusta pensar en fatalidades, ellos prefieren seguir soñando a merecer una inmortalidad lograda con una vida llena de dolor… 
Algo pudo ver turbado a su interlocutor, cuando por breve instante suspiró como eludiendo un estremecimiento de su corazón. 
- ¿Cómo sabes que has llegado a este punto de absurdidad? –inquirió ella, diciéndolo casi con una delicadeza seductora. Y Mientras esperaba el murmullo objetante de su interlocutor, ella dio dos pasos hasta un rincón del cubículo y reposó sentada. Al cabo él la imitó apoyando su cabeza en la pared metálica, y cerró sus ojos. 
- Acaso por si hubiese verdades, -dijo al fin sin levantar su cabeza o abrir los ojos -uno se compenetra con ellas por medio de la fe, sentenciándose a caminar cegado ante el destino o cualquier otro camino ligado a un ideal o propósito, excusando el hecho, ¡Un engaño! De que la fe o dios es quien intercede por sus actos, sea cual fuere su conciencia o intenciones. Tanto llega uno a conocerse por este medio inamovible que es la vida, que olvídase el motivo por el cual se inicia ésa búsqueda vana alrededor de un péndulo: sea tristeza, incredulidad, inconformismo, o discordia entre verdades o afirmaciones (experiencias o filosofías); uno llega ineludiblemente al punto de partida. Como un absurdo. Un vacío, por cierto, para aquellos que desean liberarse de su mortalidad, o de cualquier compromiso con esa eterna lid que la humanidad enfrenta con el tiempo... y qué otra cosa, que la vida, que es lo mismo. Al postrer esto es casi necesario para una nimia existencia, porque, aunque muchos continúan la búsqueda como temerosos de ver sólo ese vacío, otros entienden que la verdad está allí y no es necesario esclarecerla con algún tipo de razonamiento humano… ¡He aquí lo incognoscible! Uno simplemente descubre la simpleza.
- ¿Entonces, qué es lo verdaderamente necesario? –inquirió ella - Así supiera yo cuál piedra coger del río, yo no me atrevería juzgar con la sola voluntad esta verdad… 
- No es necesario juzgarla… porque si me preguntas qué es necesario, yo contestaría que lo es todo (aun amedrentándome por imprudencia alguna), ya que lo que ha creado o definido la vida de la humanidad han sido todos esos rangos sociales que han tenido que inventarse para hacer “Progresar” a una comunidad. Además, El hombre no sobreviviría sin sus faramallas publicitarias, mucho menos sin sus artilugios materiales que les facilitan su convivencia, aquellos que aumentan la credibilidad de que existen en un sueño, aun sabiendo que es el ardid de su poca virtud o sapiencia. De allí que a los primeros filósofos la condena estuviese dispuesta desde una República, pues para salvarla del choque espantoso de verosimilitud con que llegaran, prefirieron matarlos antes que destruyesen su ensueño. Conociendo la futilidad de la vida fingen recorrer el mundo, pero gracias al olvido, que es lo que les permite seguir en pie hasta la mañana siguiente, o aun hasta que se hayan cansado de ver el mismo cuadro aburrido durante toda su vida, son pocas las exaltaciones entre las trivialidades, que por olvido serían borradas. ¡Ah pobre monstruo que grita en coro! ¿Pero qué gritan, qué? Es difícil percatarse de ello con tantas mentiras. 

El impronunciable silencio que se forjó entre ellos sólo era interrumpido por ecos advenedizos de martilleos que se oían alejados del sosiego que acogían las reflexiones de la pareja. 
Precedidas por leve sacudida las lámparas de ascensor parpadearon. Seguidamente el cubículo comenzó a ascender con lentitud hasta el último piso. 
- ¡Al fin! 
- No puedes reducir esto a una simple experiencia, Efraín. –se incorporó ella advirtiendo lo cerca que estaban de la azotea. –eres un egoísta al pretender culpar a la tristeza de todo esto ¿Y qué hay de ello? ¡Si tienes la piedra quédate con ella! 
- Las palabras tienden a desvalorizarse con el tiempo… -dijo Efraín con tono cansado, como harto de tanto silogismo –a algo tenía que aferrarme, Carla… de ésa manera fingía al menos “estar”; tanto fiasco no es posible tragárselo como si fuera lo único posible… 
- No lo hagas, por favor… -la puerta del ascensor se abrió. 
- Ya me temía este momento… sí… tal vez demasiado humanos –dijo saliendo del cuchitril. 
A pasos agigantados salió Efraín, y tras él Carla seguíalo por el corredor desierto, que negro el baldosado reflejaba el brillo extinguido de los ojos del primero. Luego, siguieron por un recodo y se toparon con dos personas que venían cargando con folios, y no dejaron de observarlos mientras ellos desaparecían en el siguiente recodo hasta una puerta olvidada que llevaba a las escaleras de la azotea. 

- Si no me haces caso ahora no imagino lo que haría después… -le atajó Carla de golpe, mientras Efraín comenzaba a hartarse. 
- No depende de ti… -dijo él viéndola directamente a los ojos.
- ¿No podrías olvidar conmigo? ¡no me mires así! 
- Eras tú quien me estaba seduciendo… 
Ella se quedó sin palabras, y sin atreverse a tocar siquiera la chaqueta de Efraín para detenerlo, no hizo mas que seguirlo escaleras arriba, tan angustiada que casi pudo sentirse sublevada de ese momento.
Al fin llegaban a la puerta de la azotea y el primero hacía rechinar las bisagras de cobre mientras una tolvanera golpeaba sus rostros y aladares. Afuera, el hórrido paisaje de paredes erigidas y humo pegado a los ladrillos, enaltecido engañosamente por el silencio de la altura, y quizá por los murmullos continuos del viento… 
- ¡Efraín! –gritaba Carla -¡Mira atrás alguna vez! 
Pero él no escuchaba y lentamente iba hasta uno de los muros, basalto de ventanas y callejuelas… apenas contempló en el abismo los autos insignificantes, de súbito saltó al borde del muro mientras sus manos sudorosas revelaban su temor.
¡EFRAÍN! –exclamó Carla por última vez, antes de dejarse caer abatida llorando como una infante abandonada. Pero no sus sollozos horadaron el corazón de Efraín, quien observando la larga caída pudo estremecerse cuando lágrimas que jamás advirtió brotaron de sus ojos… 
- No es temor a la muerte –pensó –sólo siento curiosidad… 
Luego extendió sus manos y ya sin avergonzarse por sus lágrimas, iracundo gritó blasfemia o verdad: “¡De nuevo me has engañado numen desgraciado!”; acto seguido bajóse del muro y corrió hasta donde Carla, mas ella jamás esperaría su abrazo cuando sentía deshacerse en gemidos de alivio. 
- Me debes un compromiso –susurróle él con tanta ironía que a ambos pudo escapárseles varias carcajadas jactanciosas, por una nueva experiencia. 


2007.