jueves, 26 de mayo de 2011

Triste Pueblo sin Patria

Hoy vi la desesperación de mi prójimo lanzándome contra las urnas y alejándome disimuladamente de su desesperanza. 
- ¡Inconsciente! ¡Anda a votar por tu pueblo!
Pero es que la desidia que me causaba la pobre maza que se dejaba moldear por tantas arengas, me hizo mirar desinteresadamente causando gran repudio.
Si bien, estas arengas no fueron del todo falsas, estuvieron manchadas por las figuras políticas que el mundo creó a partir de los defectos de una sociedad, que sólo fue culpable del temor que el rumbo de una patria se atrevió a tomar. 
Ahora pensábamos en alzarnos en armas por una furia repentina, cual subversivo idólatra perdido en una época que ya había terminado, algún otro cristiano sacrificado dadas sus convicciones. Y es que a los que poseían convicciones se los podía sacrificar… 
- ¡Cuatro años más, de nuevo las armas que forjamos nos darán libertad! –se oía gritar la voz de un líder, y su pueblo no supo contenerse. 
Eran tantos rodeando la plaza y tan pocos los que aplaudieron honestamente. Pero el ruido supo bien disimular la fe quebrantada de estos hombres, que por ello fueron pueblo, y no individuo; Fueron la ola que se dejaba arrastrar por los ruidos y la marea. 
Los que lograron mantenerse conscientes habían depositado la chispa de su corazón en cajas que fueron quemadas luego, y de las cenizas surgieron las inesperadas alegorías que dieron rumbo a los entristecidos hombres y mujeres vestidos de esperanza. 
Los demás eran un pueblo que algunos dijeron desconocían; pero es que éramos tan parecidos que por eso nos despreciábamos los unos a los otros. 
- ¡Yo soy ignorante, por eso elegí a mi candidato! –exclamaba uno de traje negro.
- ¡Yo soy consciente, por eso elegí a mi candidato! –exclamaba otro con un brillo en sus ojos. 
- Yo soy igual a ustedes, por eso elegí a mi candidato –Decía con gracia la voz del pueblo, allá sobre un pedestal de marchitos girasoles. 
Y todos gritaban, como si fuera lo único posible. 
Luego el silencio agobió al pueblo entero y nadie pudo mirarse al rostro. Incluso su líder sintió vergüenza por un breve instante en que se vio obligado a seguir proclamando. 
Pero ya todos dejaban la plaza, excepto los hombres de traje negro y todos los que no votamos; porque si la política se inventaba los rostros de sus candidatos, nosotros también pudimos mantenernos firmes. 
Colombia jamás pudo merecerse voto alguno. Esta tierra ya no era de nosotros. 



Lukas Guti.
20 de junio de 2010. 23:05