martes, 22 de septiembre de 2015

Nueva contribución al proyecto "Disonancia".

Me complace publicar el hermoso trabajo reciente de otro de los artistas que con buena fe contribuyó al proyecto.

"El agravio y el último resplandor". La muerte de Idister, el general.
Ilustración por María Hernández (Nana). Basada en la novela "La fe de los mártires" del autor Lukas Gutiérrez Montoya. https://www.facebook.com/134027881175/photos/a.388162881175.173190.134027881175/10153040957071176/?type=1&theater
Información del artista:
María Hernández (Nana)
E-mail: maria.hernandez96sep@gmail.com
Web: http://evansnana.tumblr.com/

(Fragmento)

Por largos y extenuantes minutos la batalla hubo de pararse, interrumpida por un silencio aterrador que los elfos bien lograron interpretar. Ya aunque no alcanzaron a imaginar la infamia del enemigo, su furia fue incontenible cuando sobre la muralla se levantaron los cadáveres de varios elfos incrustados en estacas.
Por furia desenvainó Terides su espada de oro y con los ojos desorbitados marchó hacia la hueste enemiga, seguido de cerca por los demás elfos que compartieron su ira, como ultrajados por la sola visión.
Incrédulo por lo que vería a continuación, Terides bajó la guardia desalentado por una figura que caminaba entre el enemigo. Sin noción este se dejaba llevar por pasos que ya no le pertenecían, vencido por susurros que el Mal profirió a su vanidad, enceguecido, quizá, por el ego mismo que le causaba su desventura.
Iracundo, Terides pronunció su nombre como en un reproche, pero este jamás logró escuchar una de sus palabras: “¡Idister, Idister! ¿Cómo Pudiste?”, gritó Terides destrozado. De pronto todo pudo esclarecerse. Las advertencias y las sospechas. La nostalgia. ¡Idister traicionó a su pueblo! La sangre de Terides hervía. Pronto corrió por el campo y de una estocada atravesó al desdichado Idister sin que este lo notara, sin piedad, sin titubeo, con frialdad. Pero bien pudo sentirse desolado cuando Idister cayó en sus brazos con una última mirada de arrepentimiento.
Apenas percatándose, Terides oyó el choque de filos, dagas y escudos que lo defendieron en rededor. Tiró el cuerpo del caído general Idister y con sus ojos opacados por una sombra interna luchó con fiereza.
Los zafios se le apartaban como temerosos y preferían antes luchar contra otros guerreros, pero ya su espada había derramado más sangre de la que el enemigo tenía preconcebido.