miércoles, 21 de octubre de 2015

"La Hondonada de los lamentos"

"La Hondonada de los lamentos". Ilustración basada en la novela "La fe de de los mártires", La Fe de los Mártires - Novela, del autor Lukas Guti, por Jhohann Davis
Información del Artista: 
Jhohann López, Guatemala. 
E-mail: jdjhohann@gmail.com
Web: https://www.facebook.com/JʜᴏʜAʀᴛ-821252024655706/timeline/
(Fragmento)
La enturbiada mente de Vadenér ni siquiera notó el desasosiego del Tigre, pues caminó sublevado de su voluntad hacia los parajes verdes de la hondonada, entre risas que maliciosas iban y venían por los árboles. Hiquen corrió a su lado y vio en él una leve sonrisa que no provenía de ninguna alegría, su paso endeble lo mostró frágil como un capullo. “estoy bien, mi amigo, -decía sutilmente –estamos cerca al lago que pondría fin a nuestro viaje”. 
Cada paso se volvía más lento, el bosque comenzaba a oscurecerse; pero por la admirable paciencia de Hiquen Vadenér pudo apoyarse en su lomo para continuar caminando sin dificultad. Al cabo, mientras el bosque seguía oscureciéndose, se veía entre la frondosidad un pasaje estrecho que muchas raíces formaban. Hasta aquí he de acompañarte, amigo –dijo Hiquen quedamente –y aunque a las hadas no temo, tu fortaleza ha sido más grande que la mía… 
De pronto la muerte susurraba a cuesta de Hiquen; mientras Vadenér avanzaba lo vio internarse en silencio, distinguida su figura por el leve resplandor que llegada del otro lado del pasaje. 
En cortos pasos llegó al fin al borde de un lago verdoso, rodeado por árboles muy juntos unos de otros, entre umbrales que las ramas formaban como grandes manchas, apenas dejando que la luz de la luna traspasase entre las hojas. La figura inerme de Vadenér se postraba dócilmente ante la laguna, que apenas logrando mantener la cabeza en alto sus palabras manifestó a la inmensidad: “conoces bien mi linaje y sabes que mi pueblo yace aquí desde hace mucho, aunque tus lamentos temimos siempre de tu estirpe, heme aquí ofreciendo mi vida sinceramente, no cual timorato infame que irrespeta el juicio de las hadas.
- ¿A qué vienes con tus pericias a esta tierra aborrecida? –Exclamó tersa voz en lo profundo, arrebatando la quietud del lago -Este lugar está prohibido para los mortales, las hadas no deberían oír sus palabras. ¿Cómo es que has llegado tan lejos? 
- ¡Pero heredamos la vida de los Robles y nacimos del alma de una divinidad! –Le replicó Vadenér, levantando por primera vez la vista -¿No es suficiente para que intervengas con los tuyos en los sueños de los hombres, por la paz de nuestro pueblo? ¡Pues han sido ellos a los que el tiempo ha condenado! 
- ¿Declaras derecho alguno por tu alcurnia? –Dijo la voz –si observas tus pies verías que aun estás parado sobre la tierra, miserable morta. Ay, pero no tu alma dejaría escapar, ahora que has venido a ofrecérmela. 
Advirtiendo la negación de la sempiterna voz, Hiquen se internó entre el pasaje temiendo por la vida del Pacbel, pero fue detenido violentamente por varias raíces que se enredaron en su cuerpo, ni sus rugidos rabiosos evitaron la alteridad que de Vadenér lo hacían sumiso ante el peligro. 
Entonces a las sombras invadieron los chillidos y las risas maliciosas de seres intangibles que turbaron el agua y los ramajes. De pronto Vadenér caía de rodillas, su rostro pálido y entumecido revelaba el castigo que las hadas daban a su alma, con verdugos hechos palabras que lentamente lo llevaban a la muerte. 
¡No mires al vacío, en el silencio yace todo significado! – Se escuchó a lo lejos. 
¡Agraciada la luz plateada que Hiquen recordó al instante en que la vio de nuevo, a cuesta del abatido Pacbel! 
Acto seguido, un par de alas blanquísimas se desplegaron con fuerza e iluminaron la penumbra, develando incluso las figuras hermosas de docenas de hadas volando alrededor de Vadenér ¡Los gritos y murmullos cesaron! Las hadas se quedaron pasmadas frente al Pacbel, que las alas lo cubría como un manto intocable. 
Entonces las hadas se inclinaron levemente y las raíces que aprehendían al Tigre se destemplaron; mientras este seguía observando aquello que recordaría por siempre, jamás se atrevería contar esa visión que ni siquiera Vadenér pudo percibir. 
- ¡Oh, pero si he sido yo quien menospreció a tu pueblo, si por ti una divinidad intercede! –Exclamó el Hada mientras tocaba el rostro pálido de Vadenér, y este reaccionó como si hubiese renacido –Nosotras ayudaremos a tu pueblo con todo gusto, pero algo debemos recibir a cambio.
- ¿Y qué otra cosa podría yo darte, si con mi vida no fue suficiente? –dijo Vadenér aun con desfallecimiento. 
- ¡Existe algo, Noble Pacbel! –Dijo el hada sonriendo –porque por olvido un día de esta tierra desapareceremos, deberíamos renacer de nuevo como un presagio ante la mirada de los hombres, antes que este milenio termine. ¡Del fénix una pluma de fuego aclamaría nuestra resurrección, y por la superstición de los hombres ellos verían en el cielo el rojo resplandor como el adagio que perduraría! Si no cumples la petición de las hadas nada evitará tu muerte al final de esta era.


Tras palabras tales las Hadas desaparecieron. El silencio en rededor confirmó su partida. Pero el Tigre Hiquen jamás estuvo de acuerdo.
Preocupado por la vida del Pacbel corrió hasta el borde del lago y gritó ofendido que las aves fénix habían desaparecido hacía mucho, que en estas tierras sus alas de fuego nunca habían sido vistas. Sin embargo, sus reclamos fueron en vano. 
Más tarde, el repentino sosiego de Vadenér le hizo sentir pena cuando este dijo que estaba seguro de que estas hermosas aves aun existían. 
Luego, ambos partieron al Norte; el viaje duró al menos tres días.