miércoles, 7 de octubre de 2015

"La tristeza de Canor el rey"


"La tristeza de Canor el rey". Ilustración basada en la novela "La fe de los mártires" La Fe de los Mártires - Novela, por Jaime Iraheta, del autor Lukas Guti.

Información del artista:

Jaime iraheta, Salvador. Artista autodidacta.
E-mail: Jaimeiraheta3@gmail.com

Fragmento:

Apenas enterada del retorno del gran elfo viejo, Enaria lo asistió lo que estuvo de la mañana sentada a su lado, lo abrazó hasta que como advertido él por sus reflexiones notó llegar a Arastor desde uno de los caminillos de piedra; con noble reverencia hizo estremecer al allegado, quien no con menos gentileza asentó de igual forma con su cabeza, cerrando sus ojos de tal forma que hizo blandir de felicidad el corazón de la presente Enaria, con una sonrisa que resaltó su belleza. Así los tres caminaron al Oeste de la ciudadela cual divinidades encarnadas en simples mortales condenados a vivir por mucho tiempo; a la sombra de los edificios y la penumbra cálida de los árboles los vieron desparecer los elfos y Pacbeles que sonrientes los miraban; Pronto la noticia hubo de recorrer toda la marca en cantos de flautas y alondras que avisaban a los centinelas más alejados.
Ése día, aunque el sentido yacía nublado por tristezas que al moribundo abatían, no importaba a la realidad inventar excusas para no topársela, porque el cansancio, el deshonor y la desidia causada por las pérfidas criaturas en batalla eran olvidados con el dulce velo del engaño o el ensueño, que es lo mismo.
Paciente el tiempo, lentos también los vio caminar a los viejos por las sendas, que primero con su tranquila imagen de sonrisas llenaron la caterva, mientras avanzaron dentro del salón dispuesto, donde las bellas cuidaban a los heridos y calmaban a su sueño en cantos de olvidadas leyendas. Pero no imaginaron del hado tal sorpresa, cuando las puertas se abrieron de par en par y todos levantaron sus cabezas, que sorprendidos observaban la luz Arastor, ufanado con prudencia, y los brazos juntos de Canor y Enaria mostrándoles prosperidad.
Sin faltar siquiera palabra por parte de su señor los mártires de la guerra se bastaron para curar la herida que los envejeciera más pronto, ésa que a los hombres deja calvo al tiempo que debilita las piernas como condenadas a arrastrarse por su pronunciada barriga, mientras su alma desesperada de joroba forma a la espina, al intentar escapar evitando los endurecidos ojos de su rostro: Así, curados los elfos y aun los pocos Pacbeles que pudieron salvarse en la batalla, durmieron plácidamente por cuatro amaneceres, y curados estuvieron sus miembros hasta el despertar.
Y en ése lapso de sosiego las tres eminencias salieron del salón, de nuevo por caminos condujeron sus pies hasta una alta colina, que por Lecas dispuesto, encontraron alejada en un claro desyerbado donde cientos de tumbas de elfos en su mayoría, y varios Pacbeles muertos yacieron por largo tiempo.
Grande fuera la tristeza de Canor aquel momento, en el que su visión se nublaba al intentar buscar el horizonte entre tumbas que se perdían cuesta abajo en la tierra negra; mas no creería Lecas que por tristeza los fallecidos serían honrados ése día, por lágrimas que Canor viera caer de su mujer desde las mejillas sonrosadas, que puras con sus manos las recibía y bañaba algunos granos de tierra con ellas, maravillosas alrededor de las tumbas de glauco pasto se cubrieran.
Por la lanza o la espada que por deshonra murieron los elfos desventurados que en ellas yacieron. Las hojas doradas y cafés de otoño bañaron también las tumbas de esos condenados, los troncos de los que en rededor yacieron a este cementerio, se inclinaron ante ése claro de nefastos recuerdos, y alrededor de los montículos que pronto desaparecieron formaron un corredor, en la que luego hubo de llamarse Colina de los Vástagos entristecidos.
Así pues, que por la pureza labrada con las manos del pasado acto, deseo de un soñador, Canor sonrió satisfecho sin evitar en sus ojos el abatimiento que lo ensombreció, la misma tristeza que cubrió al cantor, quien furioso ahora en cabalgata maldecía al hado y lo desafiaba, sabiendo que apenas era un mortal.

La noche llegó pronto. Canor, su majestad, permaneció en la silla alargada de la plaza, sentado, como un simple condenado que con ojos cerrados evitaba la vida, o el tiempo, que es lo mismo.