domingo, 25 de octubre de 2015

"Los filos de la discordia"


Ilustración basada en la novela fantástica "La fe de los mártires" La Fe de los Mártires - Novela, del autor Lukas Guti, por el artistaJoao Aponte. 

Información del artista: 

Joao Aponte Vílchez, Perú.
E-mail: joao.apontev@gmail.com
Web: https://www.facebook.com/Taller-de-Artes-Visuales-Van-Gogh-372794719496109/

(Fragmento)
Iracundo y envuelto en lágrimas, Vadenér corrió cuanto pudo hasta creer que eludía el tiempo… sus lágrimas fueron hilos plateados escritos con amargura entre los árboles, y su tristeza. Su alma gritó de dolor de tal manera que Vidére, quien como siempre lo siguió a cuesta, pudo sentirse angustiado. Con sus manos inasibles lo acarició hasta que el alma renunció a estremecer el corazón del cantor, pero él y su ira siguieron corriendo incansablemente, hasta llegar al Vado del Eterno Eco. 
Estuvo Vidére confundido cuando lo miró con pesadumbre ante borde del puente y el abismo eterno, que sus sables desenfundó y con furia los lanzó hasta que el brillo de las hojas fue opacado por la lobreguez. 
En el acto Vidére extendió sus alas inmortales y descendió por el abismo.
Y en su descenso en busca de los sables respiró el olor y las huellas de antiguas adversidades. Descendió por leguas incontables mientras la oscuridad y las rocas a su alrededor contaban las edades; el peso de la penumbra lo agobió tanto que por un instante se creyó mortal. Al fin, advertido por el ruido de los sables que se enterraban en algún lugar en esa oscuridad, Vidére caminó hacia allí reflejando su esplendor en las hojas de las hojas plateadas, y luego los tomó cual guerrero enfurecido. 
No su furia logró ser infundada, pues desde las cercanías los rugidos espantosos de un antiguo demonio casi marchitaron sus alas, los pasos atronadores se vieron llegar precedidos por el fuego que rodeaba su cuerpo. ¡OH, que estos demonios alguien más además de esta historia hubo de inventarlos! Pero no su rabia contra el divino quiso ser alegoría, pues como viejos guerreros ambos se pusieron frente a frente, que mientras Vidére observaba el gran tamaño de su adversario, el otro temió asimismo por la luz que rodeaba su cuerpo. Alertado por un rugido que por un instante encogieron sus alas, Vidére levantó los sables y los mostró desafiante. 
Sin amedrentarse siquiera por los suspiros de fuego miró fijamente a los ojos fulgurantes del demonio, frunciendo su ceño cual guerrero que era, comprendió vagamente la furia de aquel al que había elegido como su expresión; entonces dijo con atronadora voz al monstruo: 
- Antes que nos batamos dime cuál es la razón de tu lucha. 

El demonio cesó de suspirar y por un momento su ancho pecho estuvo a la altura de su corto cuello; y diciendo con voz estridente que a lo lejos los videntes, estigmáticos y sabios escucharon con espanto, no su voz perteneció, sin embargo, a un lenguaje sino al sentimiento propio que sus llamas le merecieron: 
“Lucho porque eres mi adversidad”. Le entendió así Vidére. Y tan pronto como dijo esto corrió hacia el inmortal a pasos agigantados y quemando la ennegrecida piedra del suelo. Pero por sus gritos el demonio jamás escuchó el reproche que Vidére hubo de susurrar, pues fue así como él decía mientras con los sables corrió hacia el demonio: “Por tal simpleza, entonces, tendrías que perecer”; al cabo lo que se oyó fue el zarpazo errado del demonio, y un largo gemido que exhalaba fuego, pues jamás el monstruo creyó que tales sables poseyeran tal fuerza, cuando con dolor su vientre yacía abierto, por la gracia que le otorgó Vidére.
Nadie en esa época pudo cantar la extraordinaria batalla entre Vidére y el demonio antiguo, pero los sables cargaron con ese recuerdo desde entonces. 
Vidére ascendió velozmente hacia el vado. Y por un momento su intocable cuerpo se rodeó de luz y esto develó su presencia ante la oscuridad, y más tarde ante Vadener. Que allá caminaba cabizbajo por el largo puente hacia el Este. Tan pronto Vidére lo alcanzó este cayó horrorizado, pues extrañado, vio cómo el propio Espíritu del bosque le entregaba los sables de vuelta, y luego se desvaneció para evitar confundirlo más. 
De nuevo en su abatimiento Vadenér lloró arrodillado ante los filos de la discordia, Consolado por la fe que él mismo se negaba.
 — con Joao Aponte.