martes, 29 de diciembre de 2015

"El tigre Hiquen"

"El Tigre Hiquen". Ilustración basada en la novela "La fe de los mártires".La Fe de los Mártires - Novela, del autor Lukas Guti, por Evy Art

Información del artista: 
Nombre Evelyn Peña Rojas
E.mail: Evelynrojasin@Hotmail.com
Web en Facebook: EVY'S ART

(Fragmento)
Así, a grandes zancadas el Tigre Hiquen corrió una vez más hacia el bosque, donde las sombras concentraban su tertulia y otras tantas se movían entre ellas: Los zafios rondando como advenedizos, mientras aquella melena radiante vislumbraba a sus ojos escondidos tras esas cuencas huesudas.
Pero Hiquen, además de fuerte, era astuto; entre árboles se fugaba de aquí para allá como un rayo que confundía los ojos lentos de las criaturas; ellos distraídos buscaban intútilmente cuando ya el Tigre se perdía en la lejanía.
En el camino hubo de toparse con una criatura, pero sin dudarlo lo tomó con sus grandes garras y entre rugidos lo desgarró con repugnancia.
Poco ufano, el Tigre continuaba su marcha entre senderos, pasando arbustos, troncos caídos y saltando piedras incrustadas en los pequeños lagos, mientras las sombras corrían a cuesta con zancadas más osadas que las suyas; Su agitado corazón, que hinchado por la sorpresiva imagen de Vadenér, que a escasos metros dormitaba con mansedumbre, azorado por varias criaturas malignas que se venían acercando tímidamente a su alrededor.
Apresurado, el Tigre se interpuso lanzándose en medio de aquel algarazo, profiriendo rugidos y manteniendo a raya a los zafios presuntuosos. Pese al temor que su magnificencia irradiara ante este orco inesperado, las criaturas seguían aglomerándose atraídos por su melena de fuego… “¡Despierta!”, gritaba el Tigre al Pacbel, pero este era sordo a su llamado.
Del cielo los jinetes sobrevolaban las copas sobre sus espectros de almas. Sobrecogido, el tigre se vio acorralado. Sus rugidos imponentes no hicieron retroceder a la gran masa inmunda que pareció abalanzarse sobre sus ojos centellantes. Temió el momento en que estos lo atacaron a cuesta, que se llenó de fiereza y comenzó la batalla: Se lanzaron docenas contra el eminente Tigre, sobre su lomo y su cabeza, algunos se aferraron a sus patas, otros agarraron su cola intentando derribarlo... pero del fuerte Tigre el rugido que encendió aún más su melena, aclamó el silencio por el instante en que todos vieron con temor su gran rostro ceñido de furia; pues preocupado por el Pacbel arremetió con garrazas que partieron en dos a muchos, mientras otros salieron despedidos por el aire como marionetas inertes.
Entre ese barullo salvaje Hiquen bien pudo distinguir los suspiros del Pacbel, que a cuesta él estaba en pie, apoyado sobre uno de los sables, sosteniéndose débilmente mientras varios zafios desafiaban su postura.
Ya por descuido, el Tigre recibió una herida en su rostro, que lacerado a partir de ese día por siempre, no bastó esto para acobardarlo, pues tanto su rostro ciñó de ira arremetiendo impiadoso que un cauce de sangre brillante dejó en la tierra.