lunes, 29 de agosto de 2016

Librerías (Cuento)

Entramos a una de esas librerías de la calle 21, esperando enamorarnos de cualquier libro entre los estantes, e ignorando aquello que buscábamos. Nuestra diferencia de gustos no truncó nuestro interés común por alguno de los libros que de pronto llamara la atención; bien sea porque fuese ella quien lo descubriera o yo, en una bella lotería de títulos y reseñas. A veces nos separábamos entre los estrechísimos pasillos plagados de libros, en un hermoso laberinto construido por estas columnas de colores, con nombres que resaltaban desde Jim Morrison, Tomás Carrasquilla...  Julio Verne, la Alicia que odiaba a las matemáticas, hasta los ilegibles rusos, los clásicos, y la sección de política, derecho,  superación y  esoterismo que evitábamos.
De pronto recordé cuando me lanzaba a hurtadillas entre la biblioteca de mi abuelo justo después de que dejara el estudio en las noches antes de encerrarse en su cuarto a dormir. Podía pasarme horas leyendo solo los títulos de su colección.
"Hay que venir con más tiempo" me incorporé yo, mientras ella asentía. Que pese a contar con suficiente tiempo la noción nos engañaba de vez en cuando, junto a las discretas voces de otros compradores entusiastas que llegaban preguntando por títulos específicos de autores famosos y otros no tanto. Más tarde esto pudo sorprenderme, pues dadas las incontables distracciones de la época la gente aún acudía a estos olvidados recovecos enmarañados de páginas y polillas.
Ya fuera por nuestra descarada forma de pasearnos por el lugar como por la tardanza en encontrarnos con algún libro, o más bien, para comprar cualquier cosa, detectamos la urgencia del dueño azorándonos con su mirada desconfiada, disimulando con su presencia entre los resquicios, tomando libros sin repararlos como en una persecución de esa pareja de extraños en su tienda. "¿Pero qué mierda?" pensé. Percatándome entonces por lo incómodo de la situación, mientras me cruzaba con el dueño le pregunté para romper el hielo si tenía libros en descuento. "No tengo". Respondió secamente. Ya desencantados de lo que comenzara como un lindo ejercicio sin planear, terminamos por dejar el lugar tímidamente, amedrentados por el rostro de desaprobación del dueño.
Al final del día entramos en otra librería, mucho más espaciosa aunque carente de la magia de la primera, con libros en descuento exhibidos en la entrada cual tienda de ropa interior.  Su dueño, más jovial, nos reconoció por una visita anterior y logramos tomarnos el tiempo para comprar siete libros... Y más baratos. Fue una buena compra.


jueves, 25 de agosto de 2016

Votar

Tengo veintinueve años y nunca he votado. Siempre tuve dificultades para creerle a la democracia. Sin embargo,  pienso votar "sí" por el plebiscito. Es inútil pretender ser neutral o conservador en esta decisión, pues esto no es un voto por la paz sino un voto por la post guerra, necesario para pasar de página y abandonar este negocio. No somos los primeros en tomar esta decisión. Ya lo han hechos otros grandes países en guerras que abarcaron mayores territorios y que duraron mucho menos que la nuestra. Eso ya describe muy bien nuestra pobre manera de pensar, dados nuestros cincuenta años de conflicto.  Aunque no lo quieran aceptar aquí los derechos humanos son obsoletos. Si bien,  la culminación de un guerra requirió de la masacre de las masas, o sino pregunten a la historia que bien sabe retratar a sus ganadores. Es obvio, en una guerra se muere la gente. ¿ A cuántos más quieren masacrar ustedes? Por eso voy a votar "sí". Por mi país estúpido. Consciente incluso por una  oscuridad (me atrevo decirlo) de quizá 15 o 20 años de deterioro social "necesario", encausada por precisamente una post guerra. Así que no sean egoístas, esto no es una decisión que les va a resolver problemas adyacentes. Esto es para futuras generaciones.

domingo, 5 de junio de 2016

"Numina"



No extrañes las palabras que te cautivaron,

Hoy sigo dilucidando frases apropiadas

Entorno al brillo que surgió en tus ojos.



He de tropezar, pues, al reconocer tu rostro;

Agraciado yo al merecer tales acritudes,

Que soy simple y yazgo maravillado.



Que seas mujer no es el motivo de mi decir,

Sino de tu inconmensurable humildad

Y el calor de tu sangre que calienta mis huesos.



Mi torpeza amando que bien aceptas,

Y la interminable lista de defectos que soy…

Que tu amor cobija como cubriendo manchas.



Lo que diera el amor por ser tan real como esto;

Tan doloroso, tan tosco, tan humilde y sincero.

Pues ya cruzamos por el inútil romanticismo,

Y somos libres incluso para el amor.







Lukas Guti. 2 de junio de 2016.

martes, 17 de mayo de 2016

"Estudiar"

Si pagar tanto en educación sólo les da una perspectiva cómoda para esperar a que el mundo les ofrezca un buen puesto, perdieron su tiempo y su plata. Se supone que uno se educa precisamente para no dejarse moldear por el mundo… ¿Entonces cómo es posible que estudien tanto y que luego se quejen del sueldo que les pagan? Precisamente por eso, porque se moldearon, porque estudiaron para pertenecer a la infinita fila de personas que están esperando un puesto sólo porque creen merecerlo dado sus estudios. Es que estudiar sí ofrece privilegios, pero no por ello les merece un mejor puesto en el mundo. De hecho, estudiar es el camino seguro, sin embargo, no es el camino hacia lo extraordinario.

lunes, 14 de marzo de 2016

¿Qué me quieres, amor?

“La lengua de la mariposa” es un cuento del libro titulado “¿Qué me quieres, amor?” del autor español Manuel Rivas. La historia se sitúa en la época previa a la guerra Civil Española, y cuenta el impacto que tienen los diferentes conflictos sociales sobre la gente.
Si bien, el gentío suele dejarse llevar por el eco que más lo alcance, no tanto con el que más los identifique. En este relato, el pequeño “Moncho” surge en un mundo dividido por la religión, los ideales de la República y la opresión de la misma sobre quién piensa diferente. Moncho, con su voluble perspectiva decide primero creerle a su maestro de escuela, quién le enseña sobre libertad y la importancia de admirar la naturaleza. Sus padres, cuyos intereses divididos no desorientan su amor; el padre, empedernido opositor, la madre, fiel devota, de esas mujeres que de alguna forma encuentran la armonía entre la discordia,   buscan la forma de educar a su propio hijo sin ese conflicto propio dentro del seno familiar; Y su hermano, que a dicha suya, desvía la atención fungiendo de músico… a dicha suya, fumando preocupaciones de vez en cuando.
Inocente como es, el estudiante absorbe todo cuanto le enseñan con la fortuna de tener un buen maestro, desprendido de doctrinas contaminantes que atan el alma, este le otorga alas y no destroza su sensibilidad con sentencias o regímenes que apaciguan la creatividad.  Sin embargo, el pueblo, que ya no necesita de su inocencia  carece de la bendita manera resurgir, como esos niños influenciables a los que no importa dañar, porque si se les riega bien, retoñan, aunque con traumas,  con rígido tallo entre las espinas. Pero el pueblo,  enfermo por  líderes y  azares que nublan hasta el color del cielo,  incluso por la voluptuosa presencia descarada de personajes enmascarados con dinero, de otros vestidos de hábito y juzgamientos basados en falsías divinidades, merecen pues su propio castigo, el de sus ideales que crucificados yacen en viejas tablas clavadas sobre mentiras o bien, verdades cubiertas.
El librepensamiento suele ser peligroso en cualquier parte del mundo, sobre todo en época de guerras. La influencia que un librepensador pueda ofrecerle a sus alumnos es invaluable, pero si va a acompañada de  prudencia, pues de nada sirve un rebelde sin causa. En este relato, con tristura, se nota la brecha que existe entre las personas que basan su vida en argumentos libres, bélicos o religiosos, en suma la ignorancia, pues tampoco sirve poseer criterios que golpean cada pared erigida  como un yunque mecánico que sólo causa estragos. Incluso la rebeldía debería poseer fundamentos separada de la emoción o de las ganas de encajar sobre cualquier bando o color.
La Lengua de la Mariposa nos muestra no sólo la importancia del docente o incluso la institución, sino también lo frágil que son los primeros años de nuestras vidas, supeditados al molde mal formado, o  bien, ya forjado de viejas generaciones. Imaginando lo complicado que pueda ser esto, por las  brechas  entre ideales de unos y otros, un docente debería enseñar no pendido de adoctrinamientos que estimulasen al amansamiento del gentío, sino enseñar sobre su propia libertad y limitarse a ello. La disciplina no significa control de masas.
La necesidad de adaptarse a sistemas después de una buena guía previa tanto de instituciones como de personalidades, libros o hasta de la cultura popular es crítica. No obstante, es igual de perjudicial. En el mundo actual, y en el de siempre, el inadaptado es un exiliado. Y entiéndase “inadaptado” no como algo negativo, sino como la incapacidad de encajar… o de encajar por encajar.
La cuadriculada forma en que somos llevados por senderos de supuesto éxito no es más que vanidades, pero algunos rechazarían la idea no con razonamientos sino con el ego, y la certeza de creer poseer un mundo descarriado con cartones llenos de firmas. La gente no necesita de sistemas educativos para poseer criterios, lo que necesita son figuras o influencias. La simple imagen de un viejo escribiendo y leyendo a diario causaría gran impacto. Pero lo de adaptarse, “lo de salir” adelante. Esto es meramente supervivencia.  Por eso, al final de la historia, fue necesario incluso mentir delante de tanta pureza, la imagen triste de idealistas golpeados para encajar. “¡Ateo, rojo, Tilonorrinco,  espiritrompa!”.  


Lukas Guti. 12 de febrero de 2016. 

Paz

Crecí con miedo. Rodeado de historias de violencia y minas anti persona. Pero en especial, crecí bombardeado, no por las minas, sino por la continua desinformación nacional de respetadísimas cadenas  que uno se atrevía admirar dizque por su gran trabajo; Hoy una simple herramienta del capitalismo.
De mi generación recuerdo las veces que  nuestras madres nos entraban a las 10:45 p.m. en mi barrio porque se rumoreaba que los “paracos” habían declarado toques de queda. Obviamente la fuente de información eran los propios vecinos, y el miedo mediático.  En ese entonces  salir solo a la calle u oír el silencio de las noches y del viento de los valles cercanos era angustiante. Uno podía imaginarse tipos armados hasta los dientes caminando en las calles buscando supuestamente “gente mala”. No obstante, lo máximo que uno veía era el miedo de las personas y los camiones del ejército recogiendo muchachos para llevárselos hacia esa nefasta guerra, de los cuales logré evitar varios con suerte en mi adolescencia.
Cambiar de ciudad  tampoco transformaba la expectativa ni el ambiente de desolación, nublado sólo por los edificios y el humo de los carros. Uno se imaginaba esos montes llenos de bala, fusiles  y odiseas, pero era poco lo que realmente se sabía de estos conflictos, más que lo que mostraban en televisión.
A los catorce, entre las instituciones, se topaba uno con docentes de ciencias-sociales indignados que celebraban la izquierda o la rebeldía con prudencia. Era confuso pertenecer a algo.  Nos alentaban a ser un pueblo no sumiso, puesto que varios países en Latinoamérica derrocaran gobiernos a lo largo de la historia. Lo único claro en ese entonces fue  que aprendimos a vivir entre el conflicto. O al menos, aprendimos a ignorarlo pese a los miedos.
Creo que mi generación fue una brecha entre la última generación que se levantó en contra del sistema, y de las nuevas generaciones que sentaron cabeza obligadamente, educados por el entretenimiento. Actualmente, me entristece pensar en aquello que me he convertido. Pues con veintiocho años sigo siendo un soñador entre rediles de un mierdero…  y observo a las nuevas generaciones sujetas a un estilo de vida sin visión,  cuadriculado, a imagen y semejanza del sistema de consumo.
Con la Masacre del Salado, desenterré ese granito de sensibilidad que aún quedaba en mi alma después de tantos años entre paredes… y por fortuna, descubrí  que existe una generación intermedia de jóvenes que nos educa y nos recuerda tanto a los viejos como a los nacidos esta falta de memoria. He aquí la mejor de las rebeliones. Ojalá no se convierta en un “escampadero”.  

Lukas Guti

12 de marzo del 2016. 

martes, 23 de febrero de 2016

"Hiquen" Por Oliver Mitchel Acuña Maldonado

Ilustración, por Oliver Acuña. Basada en la novela fantástica La Fe de los Mártires - Novela, del autor Lukas Gutiérrez Montoya.
Información del artista:
Oliver Mitchel Acuña Maldonado, Chile.
• E-mail Vengatorblaze@gmail.com
• DeviantArt: Deviantart: vengatorblaze.deviantart.com
• Web: http://vengatorblazeilustrador.blogspot.com.co/
• Web en Facebook: vengatorblaze ilustrador
• Ilustración, página 253.
(Fragmento)
Hiquen luchaba con fiereza más que ninguno, y al fin su piel intocable fue cortada cuando muchos zafios se abalanzaban contra él, mientras este iracundo los desgarraba, en rugidos los apartaba a golpes con sus gigantescas patas.
Merides no soportó tal mansalva y a por él fue en su ayuda, mas el cantor lo vio caer en manos de los zafios a varios metros de allí, y no logró hacer nada mientras vio su cuerpo rodar entre las falanges tirrias; Baldrur corrió entre el enemigo con imprudencia más que con bizarría, pues cara amistad alcanzó con el Pacbel, pero su ira casi lo hizo perecer si por Cronto, y el allegado Idilor ¡Bienvenida sea vuestra espada! Llegaban para defenderlo mientras él sacaba el cuerpo de su amigo.
Al cabo, el cantor se les unió y los zafios siguieron cayendo, aunque sus filas parecían no denotarlo. Fueron ellos quienes se sintieron terriblemente reducidos y apenas hasta la tarde pudieron aguantar por cuando media falange de los de Idilor hubo de descender a consumarse en la lucha. La otra mitad de estas falanges corrió en apoyo de las de los Pacbel que defendían con sus tropas. Allí también se notó el decaimiento y las dolorosas pérdidas, pero aquí no habían sido perjudicados por los arqueros.
Al final de la tarde, con las fuerzas desgastadas, los centinelas que rondaban por Eriados Alborada fueron llamados a la batalla. Ensombrecido se le vio el rostro a Vadenér al enterarse tarde de tal acontecimiento, pues como un lamento el cuerno de Terides sonaba desde el palacio, al cabo.