lunes, 14 de marzo de 2016

¿Qué me quieres, amor?

“La lengua de la mariposa” es un cuento del libro titulado “¿Qué me quieres, amor?” del autor español Manuel Rivas. La historia se sitúa en la época previa a la guerra Civil Española, y cuenta el impacto que tienen los diferentes conflictos sociales sobre la gente.
Si bien, el gentío suele dejarse llevar por el eco que más lo alcance, no tanto con el que más los identifique. En este relato, el pequeño “Moncho” surge en un mundo dividido por la religión, los ideales de la República y la opresión de la misma sobre quién piensa diferente. Moncho, con su voluble perspectiva decide primero creerle a su maestro de escuela, quién le enseña sobre libertad y la importancia de admirar la naturaleza. Sus padres, cuyos intereses divididos no desorientan su amor; el padre, empedernido opositor, la madre, fiel devota, de esas mujeres que de alguna forma encuentran la armonía entre la discordia,   buscan la forma de educar a su propio hijo sin ese conflicto propio dentro del seno familiar; Y su hermano, que a dicha suya, desvía la atención fungiendo de músico… a dicha suya, fumando preocupaciones de vez en cuando.
Inocente como es, el estudiante absorbe todo cuanto le enseñan con la fortuna de tener un buen maestro, desprendido de doctrinas contaminantes que atan el alma, este le otorga alas y no destroza su sensibilidad con sentencias o regímenes que apaciguan la creatividad.  Sin embargo, el pueblo, que ya no necesita de su inocencia  carece de la bendita manera resurgir, como esos niños influenciables a los que no importa dañar, porque si se les riega bien, retoñan, aunque con traumas,  con rígido tallo entre las espinas. Pero el pueblo,  enfermo por  líderes y  azares que nublan hasta el color del cielo,  incluso por la voluptuosa presencia descarada de personajes enmascarados con dinero, de otros vestidos de hábito y juzgamientos basados en falsías divinidades, merecen pues su propio castigo, el de sus ideales que crucificados yacen en viejas tablas clavadas sobre mentiras o bien, verdades cubiertas.
El librepensamiento suele ser peligroso en cualquier parte del mundo, sobre todo en época de guerras. La influencia que un librepensador pueda ofrecerle a sus alumnos es invaluable, pero si va a acompañada de  prudencia, pues de nada sirve un rebelde sin causa. En este relato, con tristura, se nota la brecha que existe entre las personas que basan su vida en argumentos libres, bélicos o religiosos, en suma la ignorancia, pues tampoco sirve poseer criterios que golpean cada pared erigida  como un yunque mecánico que sólo causa estragos. Incluso la rebeldía debería poseer fundamentos separada de la emoción o de las ganas de encajar sobre cualquier bando o color.
La Lengua de la Mariposa nos muestra no sólo la importancia del docente o incluso la institución, sino también lo frágil que son los primeros años de nuestras vidas, supeditados al molde mal formado, o  bien, ya forjado de viejas generaciones. Imaginando lo complicado que pueda ser esto, por las  brechas  entre ideales de unos y otros, un docente debería enseñar no pendido de adoctrinamientos que estimulasen al amansamiento del gentío, sino enseñar sobre su propia libertad y limitarse a ello. La disciplina no significa control de masas.
La necesidad de adaptarse a sistemas después de una buena guía previa tanto de instituciones como de personalidades, libros o hasta de la cultura popular es crítica. No obstante, es igual de perjudicial. En el mundo actual, y en el de siempre, el inadaptado es un exiliado. Y entiéndase “inadaptado” no como algo negativo, sino como la incapacidad de encajar… o de encajar por encajar.
La cuadriculada forma en que somos llevados por senderos de supuesto éxito no es más que vanidades, pero algunos rechazarían la idea no con razonamientos sino con el ego, y la certeza de creer poseer un mundo descarriado con cartones llenos de firmas. La gente no necesita de sistemas educativos para poseer criterios, lo que necesita son figuras o influencias. La simple imagen de un viejo escribiendo y leyendo a diario causaría gran impacto. Pero lo de adaptarse, “lo de salir” adelante. Esto es meramente supervivencia.  Por eso, al final de la historia, fue necesario incluso mentir delante de tanta pureza, la imagen triste de idealistas golpeados para encajar. “¡Ateo, rojo, Tilonorrinco,  espiritrompa!”.  


Lukas Guti. 12 de febrero de 2016. 

Paz

Crecí con miedo. Rodeado de historias de violencia y minas anti persona. Pero en especial, crecí bombardeado, no por las minas, sino por la continua desinformación nacional de respetadísimas cadenas  que uno se atrevía admirar dizque por su gran trabajo; Hoy una simple herramienta del capitalismo.
De mi generación recuerdo las veces que  nuestras madres nos entraban a las 10:45 p.m. en mi barrio porque se rumoreaba que los “paracos” habían declarado toques de queda. Obviamente la fuente de información eran los propios vecinos, y el miedo mediático.  En ese entonces  salir solo a la calle u oír el silencio de las noches y del viento de los valles cercanos era angustiante. Uno podía imaginarse tipos armados hasta los dientes caminando en las calles buscando supuestamente “gente mala”. No obstante, lo máximo que uno veía era el miedo de las personas y los camiones del ejército recogiendo muchachos para llevárselos hacia esa nefasta guerra, de los cuales logré evitar varios con suerte en mi adolescencia.
Cambiar de ciudad  tampoco transformaba la expectativa ni el ambiente de desolación, nublado sólo por los edificios y el humo de los carros. Uno se imaginaba esos montes llenos de bala, fusiles  y odiseas, pero era poco lo que realmente se sabía de estos conflictos, más que lo que mostraban en televisión.
A los catorce, entre las instituciones, se topaba uno con docentes de ciencias-sociales indignados que celebraban la izquierda o la rebeldía con prudencia. Era confuso pertenecer a algo.  Nos alentaban a ser un pueblo no sumiso, puesto que varios países en Latinoamérica derrocaran gobiernos a lo largo de la historia. Lo único claro en ese entonces fue  que aprendimos a vivir entre el conflicto. O al menos, aprendimos a ignorarlo pese a los miedos.
Creo que mi generación fue una brecha entre la última generación que se levantó en contra del sistema, y de las nuevas generaciones que sentaron cabeza obligadamente, educados por el entretenimiento. Actualmente, me entristece pensar en aquello que me he convertido. Pues con veintiocho años sigo siendo un soñador entre rediles de un mierdero…  y observo a las nuevas generaciones sujetas a un estilo de vida sin visión,  cuadriculado, a imagen y semejanza del sistema de consumo.
Con la Masacre del Salado, desenterré ese granito de sensibilidad que aún quedaba en mi alma después de tantos años entre paredes… y por fortuna, descubrí  que existe una generación intermedia de jóvenes que nos educa y nos recuerda tanto a los viejos como a los nacidos esta falta de memoria. He aquí la mejor de las rebeliones. Ojalá no se convierta en un “escampadero”.  

Lukas Guti

12 de marzo del 2016.