Proyecto "Disonancia", Ilustraciones basadas en "La Fe de los Mártires", Novela del autor Lukas Guti.



Congregación de artistas y colaboradores basado en la novela fantástica La fe de los Mártires, de Lukas Guti.

Las ilustraciones contenidas en este libro fueron colaboraciones de amigos o artistas comprometidos con el proyecto, por lo cual les debo mis más sinceros agradecimientos.






1. Ilustración, Por Oscar Nieto Cubillos. Su visión de Los Pacbel y El Colosal Roble, en la novela "La fe de los Mártires."


...La villa fue un lugar hermoso que Los Pacbel adoptaron luego como punto capital de sus tierras, rodeado de lagos pequeños y de bosques poco frondosos, escogido especialmente por un roble plantado a la orilla de una laguna seca.


Por un tiempo el roble significó para Los Pacbel un símbolo respetado, dado que su tamaño logró colosales magnitudes e incluso su copa sobresalía estrepitosamente por encima de cualquier bosque, erigiendo su sombra descomunal casi como una sentencia antes del ocaso.

Sin embargo, el primero de Los Pacbel jamás imaginó lo mucho que este crecería, por ello tras sus largas ausencias el tamaño alcanzado por este no dejaba de asombrarlo; al cabo él terminaría asimismo por respetarlo, mercedada su frágil fe ante la grandiosidad de este vástago.

Pero este gran roble era tan prudente que nunca se le oía palabra alguna. Tan solo su abandono era enaltecido por el débil sol que alcanzaba penetrar hasta allí, su tallo solitario buscaba reflejar la propia belleza de la villa, argucia aquella para mantener cerca a los más sabios o a los más tontos, brindando ese sentimiento con el que Los Pacbel se sentían esperanzados.
















2. Ilustración, Por Juan Esteban Zapata. Basada en el fragmento de la novela "La fe de los Mártires",


...Mientras tanto, algo traía consigo el viento Este. Allá en lo alto del cielo llegaba como un rayo que penetró el bosque entero, atravesando los tallos y turbando con delicadeza el agua de charcas y lagos, hasta toparse en el seno intranquilo de una pequeña tertulia, donde este guerrero abrió sus ojos de golpe, sintiendo el frío rocío en su frente, como una punzada.

- ¿Qué es lo que sucede, mi amigo? – interfirió el elfo, sentado en la piedra de al lado, a ceño fruncido y acercándose con afabilidad, interesados asimismo los demás por escuchar la respuesta, sentados ellos en los troncos caídos que habían puesto para rodear la fogata acaparada de piedras y ramas humeantes.

Sin alterarse, el primero se levantó diciendo y frotando sus manos al frío:

- No podría yo asegurártelo, Lecas, pero es tu señor Canort quien me preocupa ahora...

- ¿Acaso ha sucedido algo en nuestra ciudad o la luz que la oculta? –interrumpió Lecas dando un paso adelante, mientras los demás intercambiaban miradas intranquilas.

- La ciudad... no sé si habrías de adivinar bien, Lecas, pero existe incertidumbre al menos en lo que concierne a la luz de otoño ¿No parece extraño ver ésta quietud? Éste aire, éste cálido aroma del bosque que hace de nuestros corazones ociosos, nos ha llevado al descuido; pero la sonrisa perversa sigue allí ocultando su rostro en la oscuridad, o aun tras el destello de la luminosidad...











3.Ilustración , Por Carolina Giraldo. Basada en el fragmento de la novela "La fe de los Mártires",


...Así, con leve reverencia El Pacbel le abrió paso al magnífico León, pero nunca imaginó lo mucho que anhelaría un nuevo encuentro, cuando tras varios años de viaje el Pacbel retornó por el mismo sendero, sorprendido de nuevo por la presencia impasible del León, sentado frente a él. Esta vez el León fue quien lo cuestionó amablemente:

- ¿Adónde iras la próxima vez, peregrino?

El pacbel miró el Norte adónde la gran cadena montañosa se arropaba bajo espesas nubes.

- Quisiera cruzar por algún vado esas montañas –dijo el Pacbel sonrientemente.

- ¡Oh, Gran proeza la tuya, si acaso cruzaras a salvo! –exclamó el León mientras caminaba hacia el Pacbel, observando sumisamente el paisaje. –pero debo advertirte que más allá de las montañas se encuentran las tierras de los hombres, seres bastante parecidos a ti y sumamente impredecibles. ¿Creerías que antaño hubieron de perecer muchos en estas tierras? Aun en los parajes se escuchan sus gritos desesperados, encausados no por una batalla, sino por el origen que arrebató su fe cuando supieron que la verdad yacía consumida por un eterno vacío...















4. Ilustración, por Albeiro Romero Rodríguez. Basada en el fragmento de la novela "La fe de los Mártires",


Así, sin hacerse esperar continuaron camino arriba por la callejuela. Terides y Gaderil siguieron fieles al cantor Hasta girar en un recodo intercedido por varios edificios y casonas, entre un corredor que al final conducía por el camino empedrado al jardín y los prados de ése linde de la ciudad, con los bosques y la amurallada.
Entre el pasto embellecido por el esplendor del ocaso que la ciudad lucía, continuaron su paso poco asiduo sobre la leve colina que a los árboles de otoño los llevaría, allá, tan expuestas, las tumbas en la Colina de los Vástagos entristecidos.
Pero no fue el afán de Vadenér el de encontrar a Arastor ésa mañana en la cima, sino más bien el de rendir respeto a los caídos en ésas tumbas, que por Terides y Gaderil los elfos, convidado la noche anterior, se dirigió allí ésa mañana con tan frívola mirada hasta el pie de una de las tumbas, embellecida, no obstante, por horizonte vacío y silenciado...
Ya en este claro ensimismamiento, un eco inaudible llegó a pronunciarse pero el cantor lo percibió cual si las flores vacilantes a través del viento anunciaran un llanto en las montañas.; la visión de la tierra estremeciéndose por los pasos golpeó su frente y éste se tambaleó pero los otros no lo notaron.
Los ojos del espíritu del bosque se posaban ante los suyos, desvanecidos, claros y entristecidos. Su lejana inmortalidad llamó al cantor en susurros y cantos que parecían llantos. Era pues ésta la incertidumbre que acosaba ahora Vadenér. Ya el deseo de orar frente a una tumba lo disgustaba tanto por tener que partir, como por el afán del hado fatal que punzaba su frente; y en tanto, Terides y Gaderil notaron en el semblante de aquel tal inconformismo. Preocupados, vieron en él torva su mirada, lejana, pero éste sonrió al cabo, fingiendo insulsa cordialidad para con ellos, para no formar engaños que futuras palabras encausaran.
Prudente era, pero fue por ello que caminó de nuevo por otros senderos, extrañado un poco por sus compañeros que lo seguían, ya que casi hasta el medio día penetraron el bosque hacia el suroeste, mientras él permanecía en silencio.















5. Ilustración por Ricardo Duque. Basada en el fragmento de la novela "La fe de los Mártires",


II.


Al principio, la tierra de los Pacbel no había sido proclamada por ningún otro reino. Para los reinos alejados de los hombres estas tierras eran encantadas, los pocos que peregrinaban mientras con leyendas inmortalizaban esos senderos fantasiosos, regresaban al cabo de varios años a sus países,irreconocibles y con un nuevo brillo en sus ojos.
Abrigadas por mitos estas tierras permanecieron así largo tiempo; pronto verías que su encanto hubo de perdurar por ello.

Una noche los robles se mecieron y despertaron a las aves para que cantaran; los lobos en lejanía escucharon sus piadas y también aullaron a la luna desde las colinas, anunciando que desde cielo el resplandor efímero de un alma desamparada caía en el regazo del bosque, entre las raíces de un viejo Roble que extinguía su azulado resplandor por una noche entera, hasta el amanecer.
Enternecida la natura toda fue hasta el lugar para presenciar la aparición de una criaturita hermosa que pataleaba desnudo entre las raíces cálidas del Roble.
En los primeros días los lobos se mantuvieron cerca al pequeño acompañando sus llantos; aunque el bosque receloso veló por su fragilidad incluso en los días de lluvia, El Espíritu del bosque intervino con los elfos para que lo cuidaran hasta que tuviese un poco de conciencia.
Cual hijo de una deidad, su cuerpo se alimentaba apenas de los pétalos de una hermosa flor blanca que crecía en todo el país, que El propio espíritu del bosque la había plantado desde el día en que había nacido. Y aunque no era inmortal, heredó la longevidad con que las raíces del Roble lo habían hecho.
Al alcanzar su madurez viajó infatigablemente y entabló amistad con un gran León llamado Hiquen, quien con su melena de fuego y sus ojos centellantes acompañó al Pacbel sin nombre adonde quiera que fuera.
Así pasaron las centurias, y la inocencia de aquel Pacbel el bosque protegía; pasados mil quinientos años, cuando nació el segundo Pacbel.
Pero antes de que el segundo nacimiento aconteciera, Arastor se topó con los elfos, el pueblo que guardaba con la memoria de cada historia, pues, tan bien conocía al mundo, que al vacío pronto sus ojos esmeraron. Hiquen, angustiado, guió al Pacbel hacia el bosque oculto de estos sabios para que no perdiese el sentido…



















6. Visión de "El mal" por Jhon Freddy Gonzales.






En el bosque una presencia que sobresalía entre los zafios se acercó lentamente, como pugnando cada paso que daba sobre esta tierra. Caminó desnudo sobre huesudos pies, sus largos cabellos cubrían su espalda y hasta el suelo, arrastrando las hojas muertas de los árboles; sus extremidades largas, dedos sin uñas, carne seca por el tiempo formaba su cuerpo, sin piel; alto como ningún hombre, elfo o Pacbel.
Aunque no tenía rostro, el rastro de sus ojos podía repararse vagamente, como una sombra remota adonde la luz no llegaba.
Ya por temor o por la angustia inefable que los rodeaba, muchos Pacbel rompieron en sollozos, mientras los berreos de otros mancillaban la voluntad de los más fuertes, que si bien comprendieron por breve instante la tristeza que los derrotaba, jamás lograron mantenerse en pie, cuando desesperados cayeron de rodillas, rasguñando sus rostros.
Y aquél impronunciable, que se siguió acercando como desafiando la luz de la luna, sumió en un martirio insoportable a todos los que quisieron verlo a los ojos.
Mientras continuaba haciéndose paso entre la natura, esta seguía ennegreciéndose y marchitándose, odiando los pasos que la enfrentaban.

















7.Ilustración, por Deidry Kuu. Basada en el fragmento de la novela "La fe de los Mártires",


...La disputa comenzó en el momento en que el Pacbel que yacía al lado de Baderad notó en la vestimenta de uno de los hombres la sangre derramada de su linaje.

Baderad, advirtiendo esto, quiso detenerlo cuando vio la furia en sus ojos, pero este se abalanzó sobre aquel hombre, le arrebató la espada y le dio muerte súbitamente. Sobrecogidos, los hombres vieron desplomar a su capitán, que no habían comprendido lo sucedido hasta que todos desenvainaban al tiempo, cegados por alaridos que daban lugar a la batalla.
Entonces Baderad tuvo que luchar. En la primera oportunidad arrebató la espada de un joven hombre descuidado que huyó acobardado por la furia de ambos Pacbel, porque ni la osadía de cincuenta hombres pudo contra la fortaleza de tales guerreros, que de sangre fueron desde que nacieron.
Los hombres cayeron tan fácilmente que al final la sangre acabó inundando el pasto y destiñéndolo. Los cuerpos yacieron por doquier profanando las tierras de los soñadores.















8. Ilustración, por Jhon Freddy Gonzales. Basada en el fragmento de la novela "La fe de los Mártires",






...También la figura solitaria de Vadenér se veía opacada por las sombras que las ramas de bambú erigían sobre él, balanceándose estrepitosamente sobre un lago azul, en que varios espectros se acercaban, turbando adrede el reflejo del primero.

Algo más que su propio rostro vería en el lecho encantado. Es que estos espectros merodeaban este lago desde hacía mucho, incluso antes de que los Pacbel llegaran a esa tierra, y aparecían inesperadamente sólo cuando alguien estaba triste.
Los deseos de partir hacia otras tierras reposaron como aspiraciones que endulzaría su vida a largo plazo. He aquí que sus premoniciones lo hacían el cantor, pues así lo conocieron cuando se andaba con cautela previniendo a sus allegados, negándose el verismo de esas certezas, poco claras al principio; Porque, si bien su corazón se estremecía al estremecerse la natura, jamás comprendía el indicio de estos eventos que los acongojaban.
Tanto estuvo preocupado, que en viejos recuerdos quiso sumirse, en busca de algún olvidado camino que lo llevase a dilucidar sus sospechas… ¿Pero qué sucede a tu corazón, qué? Tras un largo retorno descubrió la imagen perturbada de Arastor, que lo observaba cuando apenas era un bebé; Logró enfurecerse, incapaz de imaginar qué había sucedido antes de su nacimiento, incluso antes que naciera el primero de los Pacbel.





















9. El surgimiento de un Pueblo (Fragmento) -Ilustrado porAndres Marin Giraldo. Basada en el fragmento de la novela "La fe de los Mártires",


...En la oscuridad, el cielo agigantado desoló los corazones de aquellos que lo observaron incesantemente. Lágrimas rodaron sin razón hasta el pecho lacerado, atravesado por el dolor que el vacío proclamó un día, el indicio que arrebató el sentido a los hombres, el descubrimiento del silencio en medio de una aterradora inmensidad.
Pero del cielo la misma luz tentó la esperanza de los hombres y de otros pueblos, el mismo inicio del que todo había surgido, el mismo resplandor rodeado por oscuridad y silencio, la causa que dio fe al individuo, aquel vacío que pocos lograron ver.
Más tarde, la pérdida de sentido no fue suficiente para que los entristecidos vislumbraran la esperanza, porque de su mundo maravilloso lo inaceptable, lo inconcebible, lo físico o conocido ratificó la verdad a la que cada individuo estuvo sujeto. Todo estaba allí. Entonces el individuo quiso creer en una razón y esto le dio nueva fe. La llevó a su pueblo y este glorificó tales causas con fábulas, dualismos, filosofías o supersticiones… todo para evitar oír el silencio del que habían provenido; todo por evitar la oscuridad absurda que sus propias divinidades temieron..















10. "Eriados Alborada" . Ilustración de William Soto Deviabasada en el fragmento de la novela "La fe los Mártires", de Lukas Guti.


(..) Entonces sucedió lo inesperado en medio del camino, aunque no tanto para Terides el precavido, que empuñando su espada dorada estuvo más prevenido de lo que ya era.

Los bosques otoñales que rodeaban la ciudad de los elfos, comenzaban a mostrarse sumidos en la luz que manaba la cuidad desde su seno.
Antes que la tarde se avecinara tras los arreboles, Terides y Lecas se tomaron a la cabecera y esta vez ellos fueron los que guiaron los pasos de Vadenér, a quien aun pudieron confundirlo los parajes engañosos que jugaban con los pensamientos de los peregrinos, que él era un peregrino, contrariamente a la amistad para con los elfos.
La ciudad estaba a menos de una jornada, con la que se completaban cinco días de viaje apresurado.
La llegada de los guerreros a esta ciudad fue inesperada, tanto así como para el rufián que hubieron de encontrarse merodeando por esas sendas, perdido ante el rastro de sus propias huellas viciadas. En el sendero, Terides fue quien notó la impureza en las profundidades. Corrió mientras sus amigos le siguieron. La criatura no tuvo escapatoria por fortuna para ellos, traicionado por sus propios pasos estuvo acorralado bajo la sombra de un montículo que se alzaba sobre uno de los senderos.
- ¡No muevas un músculo o enterraré mi espada, Truhán! –dijo Lecas acercando peligrosamente la hoja de su espada plateada a la garganta de la criatura.
- ¡No te precipites, Lecas, que aun no hemos indagado! –intervino Terides retirando con delicadeza el filo del primero. –es necesario saber qué anda haciendo por aquí. ¿Qué crees tú, Vadenér?
- Por mí está bien, Terides –dijo Vadenér desinteresado –Me someto a tus reglas estando en tu país, pero también debes saber que no me es fácil mantener a punto mis sables ¡Juzga como quieras a este miserable!
De pronto la criatura gruñó, ofendido por lo que había dicho Vadenér.
- ¡Que así sea! –Dijo Lecas ansioso -¿Lo llevaremos con nosotros o lo interrogamos aquí mismo?
- Lo interrogaremos nosotros primero –dijo Terides envainando su espada –más tarde lo llevaremos ante Canort, él decidirá su suerte.
- ¡Es preciso atarlo y vendarle los ojos! –dijo Lecas, actuando sin la aprobación de sus compañeros -¡Listo, así está mejor! ¡Ya deja de babearme, criatura!
- Como sea, no diría de su procedencia así lo torturásemos por días –dijo Vadenér a ceño fruncido, observando la criatura con repugnancia –nunca traicionaría a los de su linaje, ni tampoco al capitán de su escuadra.
- ¿Estarían por aquí cerca? –intervino Terides
- Es probable, pero no hay que descartar la posibilidad de un ataque sorpresa.
- ¡Es claro! Pero no contra nosotros. –todos miraron al Este, preocupados por la ciudad escondida. –es preciso llegar a la ciudad, tu visión resuena en mi cabeza, Vadenér.
- ¡Vamos, pues!

Al cabo la marcha se reanudó avivada por la pesadumbre de Terides. Lecas continuó azorando con la punta de su espada, provocando rabia en la criatura vendada; alejado de la fila, Vadenér cubrió los pasos de los otros, desconfiando de las sombras de la noche avecinada.
En medio de la noche fueron recibidos por un grupo pequeño de elfos que primero los detuvo, advertidos con antelación por la presencia del prisionero que llevaban. De allí los condujeron adentro en el bosque; ya sin tropiezo al velo de la oscuridad y de la luna tímida, tocaron los primeros parajes de la ciudad, vueltos ruinas entre escombros y columnas partidas en el suelo otoñal, por el cual cruzaba un camino de piedra desigual que ascendía levemente en largos recodos, abriéndose paso entre los tallos.
Sólo un kilómetro hasta llegar a la parte más alta de esa ladera y los guerreros ya se habían enterado de la reciente partida del ejército de Canort hacia las ciénagas de Baco, además, de que la ciudad estaba apenas protegida.
Con mayor razón los elfos quisieron apurar el paso y el Pacbel no se mostró descortés aunque lo turbaba en su pecho un leve dolor que no lo dejaba ver claramente; de nuevo la tristeza.
De la ladera y el camino de piedra que terminaron de ascender, cruzaron por un claro de poca extensión en lo alto de esos bosques, desde donde podría observarse patentemente los valles del Oeste, el sur intercedido por la corriente del Delcarion bajo la luna que acababa de emerger como una llama gris de las nubes opacas.
Al fin, a pocos metros, resguardado por copas de grandes pinos apiñados, el muro altísimo fortificado se extendía rodeando indeterminadamente la ciudad.
Pero su finalidad no era la de proteger la ciudad si no la de delimitarla con el resto del país, como advertencia para quienes llegaran hasta allí sin notarlo. Sus alrededores estaban siempre vigilados por estos elfos armados, de ceños fruncidos y barbas rojizas que sabían esconderse bien, nadie podría infiltrarse sin antes ser emboscado por sus flechas.
A pesar de la altura y la resistencia de la pared, no sería obstáculo preocupante de traspasar, puesto que los árboles plantados tras él ya daban tregua a las intenciones que tendría el enemigo; sin embargo, el hecho de llegar siquiera cerca de los muros se sucedería por siglos como proeza cantable, sabiendo de los senderos que desorientaban al guía adonde quiera que fuese, obra de la luz al regazo de Canort.
Y bien, los Elfos y el Pacbel esperaron al pie del muro, mientras el primero de la fila liberaba de las enredaderas y trepadoras la puerta angosta de bronce arqueada, que se abría paso entre un corredor polvoriento. Al final, dos elfos esperaban de pie cruzados de brazos, con sonrisa leve y cordial saludo recibieron a los allegados, no tanto cuando vieron la aborrecida criatura, que ceñidos cambiaron su liso semblante.
De su viaje preguntaron, de la pasada suerte en el camino, y palmeando en bienvenida las espaldas de susodichos amigos, les confiaron de lo acaecido en la ciudad a los guardianes, poco ufanos, pues supieron la tristeza que de Canort el rey desconsolaba, escondido este de su luz, encerrado tras sus puertas, sentado en el trono de oro pulido.
De la criatura infame no quiso saberse más que su nombre que no quiso mentar. Ya sin tenerle cordura dos elfos se ofrecieron llevarlo a los calabozos para que allí fuese juzgado. No obstante, los elfos fueron amables y desataron sus manos sin tenerle rencor, lo que a ojos de Vadenér fue imprudente sin querer por ende crear cizaña, pero sin ningún motivo para su ceño de desaprobación, el elfo que antes los guió hasta allí, intervino diciendo:
- No te ciñas que bien sensatos sabes que somos, mi amigo guardián, de las flechas verás recorrer el cielo antes que el vil dé un paso a su libertad.
Medroso por haber errado ni con palabra ni con respiro, así Vadenér entre risas respondió:
- ¡Ah, entonces veo que no es sólo virtud! No soy yo para dudar de personas como ustedes.
Preocupados los otros azoraron las palabras despidiéndose afables pero cortantes, excusando la posición que debían retomar en sus huestes en el bosque, pues temían de la seguridad en suma a la irrupción inesperada del zafio enemigo.
Llevados por los así llamados Toricles y Senerior, los elfos hermanos de cuya respetada nobleza era afamaba en toda la marca, lozanos con sus lanzas de plata grabaron camino hasta el límite más próximo.
Allí, el bosque frondoso se cubría con la sombra más que en otro lugar, ennegrecido; pero al cabo de andar sobre minutos insulsos en la noción, pisaron primero las ruinas grises, entre senderos de piedra cubiertos de raíces, luego bajo las ramas extendidas, iluminadas por cálidos rayos de luz que no eran del sol sino el propio esplendor de esta estirpe fabulosa, y hasta otras sendas que llegaban desde los santuarios, u otros portales y edificios erigidos con mármol, rodeados de pastos ensombrecidos por las columnas apiñadas.
El pedestal que adornaba las fuentes solitarias en terrazas, los balcones que miraban la lejanía del mar del Norte; Escalinatas anchas en basalto que llevaban de balcón en balcón por los parques de norte, al Sur, o de Este a Oeste; altos, bajos, o sobre los senderos de piedra se alzaban arcos delgados que imponían frescas sombras en la grama. Recodos innumerables terminados en los jardines, o en placitas que daban a farallones o barrancos levantados por encima de las copas del bosque; y las ráfagas, el olvido y el aire inamovible que creaban sus murallas abajo en las colinas… No fue el afán de estas líneas el que no quiso dibujar el esplendor y el brillo de las estructuras, ni las risas, las leyendas y tertulias que formaban al ensueño en la ciudad abandonada por la guerra. Pues un mes llevaba ausente el ejército desde su partida hacia las ciénagas de Baco, y desde entonces Canort medroso se había refugiado en su salón, mientras los elfos fieles a la ciudad habían decidido quedarse a su resguardo, sabiendo la tristeza que abrumaba a su señor.















11. Fragmento, La Fe de los Mártires, "El vado del Eterno Eco". Ilustrador por William Soto Devia


...El joven rey ignoró cuán peligroso fue emprender una guerra contra este pueblo del que se hablaba tanto en el Sur, así que tomó precauciones y organizó campamentos muy cerca de la frontera de los bosques encantados, mientras los Pacbel los miraban recelosos de soslayo.

Para demostrar su potestad, el rey mandó construir un hermoso puente de arcos que cruzaría sobre esa abismal oscuridad hasta la tierra de los Pacbel. A este lugar más tarde se lo llamó “El vado del eterno eco”, fue el comienzo de una guerra declarada que los Pacbel quisieron ignorar, pues por un tiempo regresaron al seno del bosque mostrando descaradamente su desinterés hacia las pretensiones del rey.
He aquí que enfurecido, el rey hizo que terminaran el puente en casi siete años ¡Hermosa proeza, no obstante!












12. Mi propio y humilde aporte para "La fe de los mártires". Ilustración basada en el fragmento del libro:


...Agobiado por la tristeza que los espectros en aquel lago le recordaron siempre que la noche caía, Vadenér decidió huir de sus tierras buscando la culpa, quizá, en la muerte de su mentor Alogas y en el odio que Omusted le profirió por el imperdonable acto de cargar con los Filos de la Discordia. Sin embargo, la forma en que logró escapar de ese insoportable dolor que el silencio de la noche le susurraba como en un eterno martirio, fue por la pena que sólo la falta absoluta de fe adjudicada a aquellos que otros nombraban mártires.
Entonces corrió desesperado pese a la causa que ahora cargaba consigo, pues de los filos cargó la discordia.
La falta de fe que los contristaba se encumbró como su única y verdadera fuerza, y por estos motivos que ahora surgieron como un ideal tras haber obtenido la forma de combatir contra las propias traiciones de este camino sinuoso, su furia y su odio fueron inevitables.
Tras recorrer largamente por este silencio espantoso, cruzó la frontera y ni cuenta dio de cuándo lo hizo. Que no por su voluntad un pueblo que supo apreciar su desidia lo recibió ameno, pero bien pudo confundirse cuando todos se inclinaban respetuosamente ante él, como si fuese algún iluminado.
Avergonzado él quiso indisponer tal acto, pero los elfos se lo reprocharon diciendo que como guerrero sagrado había llegado por causas que todavía desconocían, y guiado por un resplandor divino del que él mismo no tuvo noción. Respondió, pues, con humildad, que jamás había visto ningún resplandor que lo guiara o luz que asemejara un alma en el cielo, pero que estaba honrado por el cálido recibimiento, a lo que los elfos sonrieron enternecidos.
Así, pues, Vadenér se mantuvo por varios años en el seno de este pueblo que lo acogió, y aunque tuvo muchas otras distracciones conociendo otros hermosos lugares en compañía de los elfos, jamás logró olvidar el peso que cargaba su corazón.
Al cabo de los años, como el Pacbel les era tan caro y su compañía tan valiosa, Canort, el rey de este pueblo, mandó llamar a Vadenér y convocó a sus más leales servidores en medio de una gran sala. Una vez allí le confió el título de Confidente y dispuso a su mando varios de los elfos más aguerridos y valerosos.
Por ley y derecho el Pacbel comandaría las cohortes del rey, y lo aconsejaría en los momentos aciagos. Vadenér aceptó respetuosamente pero en el fondo estuvo acongojado porque jamás quiso surgir como un líder.
Desde entonces, sintiendo que algo le debía a este pueblo, Vadenér recorrió vastas tierras en compañía de un grupo de jinetes que cogió grande fama en el reino de Canort. Así protegió las fronteras de su propio país, temiendo que turbaran la paz de los elfos.
Así, pues, “el Guerrero Sagrado”, este Pacbel que al cabo de años retornaba al país de los Pacbel, partió con su fiel compañía a combatir contra los primeros vestigios que ya venían manifestándose desde hacía largo tiempo, al Este de allí. Asimismo, lucharon al lado de los centinelas que por esos días Arastor había postrado por allí, y estos le llevaron noticias de todo cuanto sucedía dentro o fuera de esos confines.
Entre dos mil kilómetros de valles y laderas, el adalid fue temido por sus filos de la discordia, más aún cuando con su leal grupo de escogidos guerreros arremetió contra pequeñas facciones de siervos malignos mancos, deformes y desproporcionados, que a veces bestias y hombres corrompidos acompañaban.
Más tarde, cuando El Mal aun permanecía ignoto ante los ojos de los aliados, la fortaleza de los zafios se hizo notar con la muerte de los Pacbel y los elfos en las fronteras, pero más terrible fuera descubrir las huellas de un antiguo ser que los elfos reconocieron como Los Croes: Árboles de tallos robustos, cortos y deshojados, muy semejantes a los robles, flebeldad que el mal hubo de levantar para que crearan y dieran forma a los seres nacidos de tierra que nunca pudo curarse.
Pese a la amenaza, estas huellas tendían a desaparecer con el tiempo.
Así Llegaron los tiempos de guerra, el ejército de Canort partiría entonces en importante misión.











13. Ilustración por, Bibiana Sánchez Gil. Basada en la novela "La fe de los Mártires" de Lukas Guti.

Información del artista: Bibiana Sánchez Gil (Colombia)
Instragram: https://instagram.com/bibi.s.gil
Web: https://www.facebook.com/BibiSagiArt







Fragmento.

II.


En una noche despejada e iluminada por la luna surgió el primero de los Pacbel. El resplandor hermoso anunciando nuevos tiempos (aquello que significó para los pocos que veían el cielo), la voluntad de una divinidad entronada en lejanía.
Oculto a los ojos pecaminosos del mundo creó el alma y el inicio de un pueblo, enaltecida por la luz plateada que de su propia hechura la rodeó, mientras descendía hasta esa tierra bendecida antaño por las lágrimas de aquella divinidad.
- Soy el Espíritu del Bosque y de mi creación –dijo en un principio aquel ser superior –sé libre cuanto puedas y camina con humildad, pues por caer del cielo jamás en ti estaría concebido creerte más de lo que luego encarnarías; Recuérdalo bien, mi Pacbel, que así he de llamar tu estirpe aunque tus indicios sean malinterpretados; Recuérdalo bien, querido Pacbel, que sólo así podrías soportar el tiempo encorvando tu espalda y podrías morir sin temor. Ya de mi existencia sabrías por vagos recuerdos y por los susurros del bosque; ya cuando abras los ojos no te confundiría mi voz…










14.



"El agravio y el último resplandor". La muerte de Idister, el general.
Ilustración por María Hernández (Nana). Basada en la novela "La fe de los mártires" del autor Lukas Gutiérrez Montoya.

Información del artista:
María Hernandez (Nana)
E-mail: maria.hernandez96sep@gmail.com
Web: http://evansnana.tumblr.com/

(Fragmento)

Por largos y extenuantes minutos la batalla hubo de pararse, interrumpida por un silencio aterrador que los elfos bien lograron interpretar. Ya aunque no alcanzaron a imaginar la infamia del enemigo, su furia fue incontenible cuando sobre la muralla se levantaron los cadáveres de varios elfos incrustados en estacas.
Por furia desenvainó Terides su espada de oro y con los ojos desorbitados marchó hacia la hueste enemiga, seguido de cerca por los demás elfos que compartieron su ira, como ultrajados por la sola visión.
Incrédulo por lo que vería a continuación, Terides bajó la guardia desalentado por una figura que caminaba entre el enemigo. Sin noción este se dejaba llevar por pasos que ya no le pertenecían, vencido por susurros que el Mal profirió a su vanidad, enceguecido, quizá, por el ego mismo que le causaba su desventura.
Iracundo, Terides pronunció su nombre como en un reproche, pero este jamás logró escuchar una de sus palabras: “¡Idister, Idister! ¿Cómo Pudiste?”, gritó Terides destrozado. De pronto todo pudo esclarecerse. Las advertencias y las sospechas. La nostalgia. ¡Idister traicionó a su pueblo! La sangre de Terides hervía. Pronto corrió por el campo y de una estocada atravesó al desdichado Idister sin que este lo notara, sin piedad, sin titubeo, con frialdad. Pero bien pudo sentirse desolado cuando Idister cayó en sus brazos con una última mirada de arrepentimiento.
Apenas percatándose, Terides oyó el choque de filos, dagas y escudos que lo defendieron en rededor. Tiró el cuerpo del caído general Idister y con sus ojos opacados por una sombra interna luchó con fiereza.
Los zafios se le apartaban como temerosos y preferían antes luchar contra otros guerreros, pero ya su espada había derramado más sangre de la que el enemigo tenía preconcebido.







15. "La tristeza de Canor el rey". Ilustración basada en la novela "La fe de los mártires" La Fe de los Mártires - Novela, por Jaime Iraheta, del autor Lukas Guti.







Información del artista:

Jaime iraheta, Salvador. Artista autodidacta.
E-mail: Jaimeiraheta3@gmail.com

Fragmento:

Apenas enterada del retorno del gran elfo viejo, Enaria lo asistió lo que estuvo de la mañana sentada a su lado, lo abrazó hasta que como advertido él por sus reflexiones notó llegar a Arastor desde uno de los caminillos de piedra; con noble reverencia hizo estremecer al allegado, quien no con menos gentileza asentó de igual forma con su cabeza, cerrando sus ojos de tal forma que hizo blandir de felicidad el corazón de la presente Enaria, con una sonrisa que resaltó su belleza. Así los tres caminaron al Oeste de la ciudadela cual divinidades encarnadas en simples mortales condenados a vivir por mucho tiempo; a la sombra de los edificios y la penumbra cálida de los árboles los vieron desparecer los elfos y Pacbeles que sonrientes los miraban; Pronto la noticia hubo de recorrer toda la marca en cantos de flautas y alondras que avisaban a los centinelas más alejados.
Ése día, aunque el sentido yacía nublado por tristezas que al moribundo abatían, no importaba a la realidad inventar excusas para no topársela, porque el cansancio, el deshonor y la desidia causada por las pérfidas criaturas en batalla eran olvidados con el dulce velo del engaño o el ensueño, que es lo mismo.
Paciente el tiempo, lentos también los vio caminar a los viejos por las sendas, que primero con su tranquila imagen de sonrisas llenaron la caterva, mientras avanzaron dentro del salón dispuesto, donde las bellas cuidaban a los heridos y calmaban a su sueño en cantos de olvidadas leyendas. Pero no imaginaron del hado tal sorpresa, cuando las puertas se abrieron de par en par y todos levantaron sus cabezas, que sorprendidos observaban la luz Arastor, ufanado con prudencia, y los brazos juntos de Canor y Enaria mostrándoles prosperidad.
Sin faltar siquiera palabra por parte de su señor los mártires de la guerra se bastaron para curar la herida que los envejeciera más pronto, ésa que a los hombres deja calvo al tiempo que debilita las piernas como condenadas a arrastrarse por su pronunciada barriga, mientras su alma desesperada de joroba forma a la espina, al intentar escapar evitando los endurecidos ojos de su rostro: Así, curados los elfos y aun los pocos Pacbeles que pudieron salvarse en la batalla, durmieron plácidamente por cuatro amaneceres, y curados estuvieron sus miembros hasta el despertar.
Y en ése lapso de sosiego las tres eminencias salieron del salón, de nuevo por caminos condujeron sus pies hasta una alta colina, que por Lecas dispuesto, encontraron alejada en un claro desyerbado donde cientos de tumbas de elfos en su mayoría, y varios Pacbeles muertos yacieron por largo tiempo.
Grande fuera la tristeza de Canor aquel momento, en el que su visión se nublaba al intentar buscar el horizonte entre tumbas que se perdían cuesta abajo en la tierra negra; mas no creería Lecas que por tristeza los fallecidos serían honrados ése día, por lágrimas que Canor viera caer de su mujer desde las mejillas sonrosadas, que puras con sus manos las recibía y bañaba algunos granos de tierra con ellas, maravillosas alrededor de las tumbas de glauco pasto se cubrieran.
Por la lanza o la espada que por deshonra murieron los elfos desventurados que en ellas yacieron. Las hojas doradas y cafés de otoño bañaron también las tumbas de esos condenados, los troncos de los que en rededor yacieron a este cementerio, se inclinaron ante ése claro de nefastos recuerdos, y alrededor de los montículos que pronto desaparecieron formaron un corredor, en la que luego hubo de llamarse Colina de los Vástagos entristecidos.
Así pues, que por la pureza labrada con las manos del pasado acto, deseo de un soñador, Canor sonrió satisfecho sin evitar en sus ojos el abatimiento que lo ensombreció, la misma tristeza que cubrió al cantor, quien furioso ahora en cabalgata maldecía al hado y lo desafiaba, sabiendo que apenas era un mortal.

La noche llegó pronto. Canor, su majestad, permaneció en la silla alargada de la plaza, sentado, como un simple condenado que con ojos cerrados evitaba la vida, o el tiempo, que es lo mismo.














16.


"Los zafios". Ilustración basada en la novela "La fe de de los mártires", La Fe de los Mártires - Novela, del autor Lukas Guti, por Jhohann Davis.




Información del Artista:

Jhohann López, Guatemala.

E-mail: jdjhohann@gmail.com
Web: https://www.facebook.com/JʜᴏʜAʀᴛ-821252024655706/timeline/

(Fragmento)
El anochecer prematuro, engendrado por las nubes cargadas con agua anunció borrascas y tempestades.
Sentado al borde de la colina, Omusted soñó hasta que gotas de lluvia tocaron su rostro haciéndolo despertar, engañado por una falsa tristeza que una sombra a cuesta provocaba. Su soledad se desvanecía por el eco de un latido que no era el suyo, esos latidos secos que le provocaron tristeza…
Amedrentado volteó súbitamente y se topó con la espantosa presencia de una de esas criaturas: flaco, alto, que mientras caminaba hacia él movía su cuerpo con una impropiedad que hacía estremecer a quien lo mirase.
¿Pero qué eran, qué…?
… breve alusión espantosa, el tormento personificado que arrebataba el sentido a los hombres.
Era la ruina, el vestigio de verismos afeados para hacer de los hombres timoratos en las guerras.
El delirio que agobió a los genios ¡Esplín, Esplín! La condena de otro aforismo para morir con vago sentido.
¿Sería ese, el dolor, el significado de la vida?
¡El reflejo que todos querían olvidar yacía a merced del tiempo, envejeciendo y observando a través de ojos de un mortal!
¿Y qué haces tú, amedrentado por el dolor de tu creación?
He aquí el dolor ¡Tú, alegoría desgraciada! el grito desesperado de una criatura infame que todos aborrecían, porque hubo de retar la fe, e incluso derrumbaría los muros de otros reinos.

— con Jhohann Davis.














17.


"El Zafio Jinete del mal". Ilustración basada en la novela "La fe de los mártires" La Fe de los Mártires - Novela, por Jaime Iraheta, del autor Lukas Guti .

Información del artista:




Jaime iraheta, Salvador. Artista autodidacta.

E-mail: Jaimeiraheta3@gmail.com

(Fragmento)
Hacía tiempo este clan de sabios, en comunión con los guardianes que protegían las fronteras, venían tras el rastro de ciertas huellas que profanaban esta tierra. Tal indicio guió sus sospechas a descubrir otros cuerpos de Pacbel, muertos, empalidecidos porque su alma los había abandonado.
Gracias al aullido temeroso de los lobos, Dimínebes, el adalid de los guardianes, capturó con su grupo un jinete semejante a un hombre; sus largas extremidades y la fealdad que heredó de olvidadas épocas lo distinguían, al igual que su caballo blanco, espectral, formado por almas que sus gritos endemoniados arrebataba a los hombres, o cualquier otro ser que la poseyera.
Por los fallidos intentos en que los Pacbel lo sedujeron, jamás comprendieron su lengua y hasta Arastor le extrañó no haberla oído pronunciar antes.
Por varios meses estuvo cautivo, pero un día logró huir velozmente pese a tener sus brazos amarrados, aunque seguido muy de cerca por los Pacbel que lo resguardaban no llegó muy lejos cuando se topó con un derrumbadero. Confiados estuvieron los Pacbel de atrapar al desgraciado. Mientras se acercaban este gruñía y babeaba con fiereza, caminando de aquí para allá, desesperado… pero antes que caer en manos de los Pacbel prefirió lanzarse al vacío sin dudarlo, en tanto el corazón de los Pacbel dio un vuelco de asombro que extrañamente los serenó, pues de los gritos endemoniados de aquél siempre odiaron y temieron desde aquel día, prefirieron oírlos acallados.

— con Jaime Iraheta.

















18.


"La Hondonada de los lamentos". Ilustración basada en la novela "La fe de de los mártires", La Fe de los Mártires - Novela, del autor Lukas Guti, por Jhohann Davis




Información del Artista:

Jhohann López, Guatemala.

E-mail: jdjhohann@gmail.com
Web: https://www.facebook.com/JʜᴏʜAʀᴛ-821252024655706/timeline/

(Fragmento)

La enturbiada mente de Vadenér ni siquiera notó el desasosiego del Tigre, pues caminó sublevado de su voluntad hacia los parajes verdes de la hondonada, entre risas que maliciosas iban y venían por los árboles. Hiquen corrió a su lado y vio en él una leve sonrisa que no provenía de ninguna alegría, su paso endeble lo mostró frágil como un capullo. “estoy bien, mi amigo, -decía sutilmente –estamos cerca al lago que pondría fin a nuestro viaje”.
Cada paso se volvía más lento, el bosque comenzaba a oscurecerse; pero por la admirable paciencia de Hiquen Vadenér pudo apoyarse en su lomo para continuar caminando sin dificultad. Al cabo, mientras el bosque seguía oscureciéndose, se veía entre la frondosidad un pasaje estrecho que muchas raíces formaban. Hasta aquí he de acompañarte, amigo –dijo Hiquen quedamente –y aunque a las hadas no temo, tu fortaleza ha sido más grande que la mía…
De pronto la muerte susurraba a cuesta de Hiquen; mientras Vadenér avanzaba lo vio internarse en silencio, distinguida su figura por el leve resplandor que llegada del otro lado del pasaje.
En cortos pasos llegó al fin al borde de un lago verdoso, rodeado por árboles muy juntos unos de otros, entre umbrales que las ramas formaban como grandes manchas, apenas dejando que la luz de la luna traspasase entre las hojas. La figura inerme de Vadenér se postraba dócilmente ante la laguna, que apenas logrando mantener la cabeza en alto sus palabras manifestó a la inmensidad: “conoces bien mi linaje y sabes que mi pueblo yace aquí desde hace mucho, aunque tus lamentos temimos siempre de tu estirpe, heme aquí ofreciendo mi vida sinceramente, no cual timorato infame que irrespeta el juicio de las hadas.
- ¿A qué vienes con tus pericias a esta tierra aborrecida? –Exclamó tersa voz en lo profundo, arrebatando la quietud del lago -Este lugar está prohibido para los mortales, las hadas no deberían oír sus palabras. ¿Cómo es que has llegado tan lejos?
- ¡Pero heredamos la vida de los Robles y nacimos del alma de una divinidad! –Le replicó Vadenér, levantando por primera vez la vista -¿No es suficiente para que intervengas con los tuyos en los sueños de los hombres, por la paz de nuestro pueblo? ¡Pues han sido ellos a los que el tiempo ha condenado!
- ¿Declaras derecho alguno por tu alcurnia? –Dijo la voz –si observas tus pies verías que aun estás parado sobre la tierra, miserable morta. Ay, pero no tu alma dejaría escapar, ahora que has venido a ofrecérmela.
Advirtiendo la negación de la sempiterna voz, Hiquen se internó entre el pasaje temiendo por la vida del Pacbel, pero fue detenido violentamente por varias raíces que se enredaron en su cuerpo, ni sus rugidos rabiosos evitaron la alteridad que de Vadenér lo hacían sumiso ante el peligro.
Entonces a las sombras invadieron los chillidos y las risas maliciosas de seres intangibles que turbaron el agua y los ramajes. De pronto Vadenér caía de rodillas, su rostro pálido y entumecido revelaba el castigo que las hadas daban a su alma, con verdugos hechos palabras que lentamente lo llevaban a la muerte.
¡No mires al vacío, en el silencio yace todo significado! – Se escuchó a lo lejos.
¡Agraciada la luz plateada que Hiquen recordó al instante en que la vio de nuevo, a cuesta del abatido Pacbel!
Acto seguido, un par de alas blanquísimas se desplegaron con fuerza e iluminaron la penumbra, develando incluso las figuras hermosas de docenas de hadas volando alrededor de Vadenér ¡Los gritos y murmullos cesaron! Las hadas se quedaron pasmadas frente al Pacbel, que las alas lo cubría como un manto intocable.
Entonces las hadas se inclinaron levemente y las raíces que aprehendían al Tigre se destemplaron; mientras este seguía observando aquello que recordaría por siempre, jamás se atrevería contar esa visión que ni siquiera Vadenér pudo percibir.
- ¡Oh, pero si he sido yo quien menospreció a tu pueblo, si por ti una divinidad intercede! –Exclamó el Hada mientras tocaba el rostro pálido de Vadenér, y este reaccionó como si hubiese renacido –Nosotras ayudaremos a tu pueblo con todo gusto, pero algo debemos recibir a cambio.
- ¿Y qué otra cosa podría yo darte, si con mi vida no fue suficiente? –dijo Vadenér aun con desfallecimiento.
- ¡Existe algo, Noble Pacbel! –Dijo el hada sonriendo –porque por olvido un día de esta tierra desapareceremos, deberíamos renacer de nuevo como un presagio ante la mirada de los hombres, antes que este milenio termine. ¡Del fénix una pluma de fuego aclamaría nuestra resurrección, y por la superstición de los hombres ellos verían en el cielo el rojo resplandor como el adagio que perduraría! Si no cumples la petición de las hadas nada evitará tu muerte al final de esta era.


Tras palabras tales las Hadas desaparecieron. El silencio en rededor confirmó su partida. Pero el Tigre Hiquen jamás estuvo de acuerdo.
Preocupado por la vida del Pacbel corrió hasta el borde del lago y gritó ofendido que las aves fénix habían desaparecido hacía mucho, que en estas tierras sus alas de fuego nunca habían sido vistas. Sin embargo, sus reclamos fueron en vano.
Más tarde, el repentino sosiego de Vadenér le hizo sentir pena cuando este dijo que estaba seguro de que estas hermosas aves aun existían.
Luego, ambos partieron al Norte; el viaje duró al menos tres días.

— con Jhohann Davis.

















19.


"Los filos de la discordia". Ilustración basada en la novela fantástica "La fe de los mártires" La Fe de los Mártires - Novela, del autor Lukas Guti, por el artistaJoao Aponte.

Información del artista:

Joao Aponte Vílchez, Perú.
E-mail: joao.apontev@gmail.com
Web: https://www.facebook.com/Taller-de-Artes-Visuales-Van-Gogh-372794719496109/

(Fragento)
Iracundo y envuelto en lágrimas, Vadenér corrió cuanto pudo hasta creer que eludía el tiempo… sus lágrimas fueron hilos plateados escritos con amargura entre los árboles, y su tristeza. Su alma gritó de dolor de tal manera que Vidére, quien como siempre lo siguió a cuesta, pudo sentirse angustiado. Con sus manos inasibles lo acarició hasta que el alma renunció a estremecer el corazón del cantor, pero él y su ira siguieron corriendo incansablemente, hasta llegar al Vado del Eterno Eco.
Estuvo Vidére confundido cuando lo miró con pesadumbre ante borde del puente y el abismo eterno, que sus sables desenfundó y con furia los lanzó hasta que el brillo de las hojas fue opacado por la lobreguez.
En el acto Vidére extendió sus alas inmortales y descendió por el abismo.
Y en su descenso en busca de los sables respiró el olor y las huellas de antiguas adversidades. Descendió por leguas incontables mientras la oscuridad y las rocas a su alrededor contaban las edades; el peso de la penumbra lo agobió tanto que por un instante se creyó mortal. Al fin, advertido por el ruido de los sables que se enterraban en algún lugar en esa oscuridad, Vidére caminó hacia allí reflejando su esplendor en las hojas de las hojas plateadas, y luego los tomó cual guerrero enfurecido.
No su furia logró ser infundada, pues desde las cercanías los rugidos espantosos de un antiguo demonio casi marchitaron sus alas, los pasos atronadores se vieron llegar precedidos por el fuego que rodeaba su cuerpo. ¡OH, que estos demonios alguien más además de esta historia hubo de inventarlos! Pero no su rabia contra el divino quiso ser alegoría, pues como viejos guerreros ambos se pusieron frente a frente, que mientras Vidére observaba el gran tamaño de su adversario, el otro temió asimismo por la luz que rodeaba su cuerpo. Alertado por un rugido que por un instante encogieron sus alas, Vidére levantó los sables y los mostró desafiante.
Sin amedrentarse siquiera por los suspiros de fuego miró fijamente a los ojos fulgurantes del demonio, frunciendo su ceño cual guerrero que era, comprendió vagamente la furia de aquel al que había elegido como su expresión; entonces dijo con atronadora voz al monstruo:
- Antes que nos batamos dime cuál es la razón de tu lucha.

El demonio cesó de suspirar y por un momento su ancho pecho estuvo a la altura de su corto cuello; y diciendo con voz estridente que a lo lejos los videntes, estigmáticos y sabios escucharon con espanto, no su voz perteneció, sin embargo, a un lenguaje sino al sentimiento propio que sus llamas le merecieron:
“Lucho porque eres mi adversidad”. Le entendió así Vidére. Y tan pronto como dijo esto corrió hacia el inmortal a pasos agigantados y quemando la ennegrecida piedra del suelo. Pero por sus gritos el demonio jamás escuchó el reproche que Vidére hubo de susurrar, pues fue así como él decía mientras con los sables corrió hacia el demonio: “Por tal simpleza, entonces, tendrías que perecer”; al cabo lo que se oyó fue el zarpazo errado del demonio, y un largo gemido que exhalaba fuego, pues jamás el monstruo creyó que tales sables poseyeran tal fuerza, cuando con dolor su vientre yacía abierto, por la gracia que le otorgó Vidére.
Nadie en esa época pudo cantar la extraordinaria batalla entre Vidére y el demonio antiguo, pero los sables cargaron con ese recuerdo desde entonces.
Vidére ascendió velozmente hacia el vado. Y por un momento su intocable cuerpo se rodeó de luz y esto develó su presencia ante la oscuridad, y más tarde ante Vadener. Que allá caminaba cabizbajo por el largo puente hacia el Este. Tan pronto Vidére lo alcanzó este cayó horrorizado, pues extrañado, vio cómo el propio Espíritu del bosque le entregaba los sables de vuelta, y luego se desvaneció para evitar confundirlo más.
De nuevo en su abatimiento Vadenér lloró arrodillado ante los filos de la discordia, Consolado por la fe que él mismo se negaba.

— con Joao Aponte.





20. "El Tigre Hiquen". Ilustración basada en la novela "La fe de los mártires". La Fe de los Mártires - Novela, del autor Lukas Guti, por Evy Art

Información del artista: 
Nombre Evelyn Peña Rojas
E.mail: Evelynrojasin@Hotmail.com
Web en Facebook: EVY'S ART

(Fragmento)

Así, a grandes zancadas el Tigre Hiquen corrió una vez más hacia el bosque, donde las sombras concentraban su tertulia y otras tantas se movían entre ellas: Los zafios rondando como advenedizos, mientras aquella melena radiante vislumbraba a sus ojos escondidos tras esas cuencas huesudas.
Pero Hiquen, además de fuerte, era astuto; entre árboles se fugaba de aquí para allá como un rayo que confundía los ojos lentos de las criaturas; ellos distraídos buscaban intútilmente cuando ya el Tigre se perdía en la lejanía.
En el camino hubo de toparse con una criatura, pero sin dudarlo lo tomó con sus grandes garras y entre rugidos lo desgarró con repugnancia.
Poco ufano, el Tigre continuaba su marcha entre senderos, pasando arbustos, troncos caídos y saltando piedras incrustadas en los pequeños lagos, mientras las sombras corrían a cuesta con zancadas más osadas que las suyas; Su agitado corazón, que hinchado por la sorpresiva imagen de Vadenér, que a escasos metros dormitaba con mansedumbre, azorado por varias criaturas malignas que se venían acercando tímidamente a su alrededor.
Apresurado, el Tigre se interpuso lanzándose en medio de aquel algarazo, profiriendo rugidos y manteniendo a raya a los zafios presuntuosos. Pese al temor que su magnificencia irradiara ante este orco inesperado, las criaturas seguían aglomerándose atraídos por su melena de fuego… “¡Despierta!”, gritaba el Tigre al Pacbel, pero este era sordo a su llamado.
Del cielo los jinetes sobrevolaban las copas sobre sus espectros de almas. Sobrecogido, el tigre se vio acorralado. Sus rugidos imponentes no hicieron retroceder a la gran masa inmunda que pareció abalanzarse sobre sus ojos centellantes. Temió el momento en que estos lo atacaron a cuesta, que se llenó de fiereza y comenzó la batalla: Se lanzaron docenas contra el eminente Tigre, sobre su lomo y su cabeza, algunos se aferraron a sus patas, otros agarraron su cola intentando derribarlo... pero del fuerte Tigre el rugido que encendió aún más su melena, aclamó el silencio por el instante en que todos vieron con temor su gran rostro ceñido de furia; pues preocupado por el Pacbel arremetió con garrazas que partieron en dos a muchos, mientras otros salieron despedidos por el aire como marionetas inertes.
Entre ese barullo salvaje Hiquen bien pudo distinguir los suspiros del Pacbel, que a cuesta él estaba en pie, apoyado sobre uno de los sables, sosteniéndose débilmente mientras varios zafios desafiaban su postura.
Ya por descuido, el Tigre recibió una herida en su rostro, que lacerado a partir de ese día por siempre, no bastó esto para acobardarlo, pues tanto su rostro ciñó de ira arremetiendo impiadoso que un cauce de sangre brillante dejó en la tierra.



21. Ilustración, por Oliver Acuña. Basada en la novela fantástica La Fe de los Mártires - Novela, del autor Lukas Gutiérrez Montoya. 

Información del artista:

Oliver Mitchel Acuña Maldonado, Chile.
• E-mail Vengatorblaze@gmail.com
• DeviantArt: Deviantart: vengatorblaze.deviantart.com
• Web: http://vengatorblazeilustrador.blogspot.com.co/
• Web en Facebook: vengatorblaze ilustrador
• Ilustración, página 253.

(Fragmento)

Hiquen luchaba con fiereza más que ninguno, y al fin su piel intocable fue cortada cuando muchos zafios se abalanzaban contra él, mientras este iracundo los desgarraba, en rugidos los apartaba a golpes con sus gigantescas patas.
Merides no soportó tal mansalva y a por él fue en su ayuda, mas el cantor lo vio caer en manos de los zafios a varios metros de allí, y no logró hacer nada mientras vio su cuerpo rodar entre las falanges tirrias; Baldrur corrió entre el enemigo con imprudencia más que con bizarría, pues cara amistad alcanzó con el Pacbel, pero su ira casi lo hizo perecer si por Cronto, y el allegado Idilor ¡Bienvenida sea vuestra espada! Llegaban para defenderlo mientras él sacaba el cuerpo de su amigo.

Al cabo, el cantor se les unió y los zafios siguieron cayendo, aunque sus filas parecían no denotarlo. Fueron ellos quienes se sintieron terriblemente reducidos y apenas hasta la tarde pudieron aguantar por cuando media falange de los de Idilor hubo de descender a consumarse en la lucha. La otra mitad de estas falanges corrió en apoyo de las de los Pacbel que defendían con sus tropas. Allí también se notó el decaimiento y las dolorosas pérdidas, pero aquí no habían sido perjudicados por los arqueros.
Al final de la tarde, con las fuerzas desgastadas, los centinelas que rondaban por Eriados Alborada fueron llamados a la batalla. Ensombrecido se le vio el rostro a Vadenér al enterarse tarde de tal acontecimiento, pues como un lamento el cuerno de Terides sonaba desde el palacio, al cabo.
 — con Oliver Acuña.