miércoles, 14 de septiembre de 2011

En Pausa

Por un momento odié toda esa parafernalia llamada vida. De nuevo. Recordaba a la gente y a sus rostros imperfectos; a la grasa, el sudor entre arrugas y facciones; Mi vanidad antepuesta ante  miradas desolladoras, la silla de acero en la que estuve estancado por largos minutos, que sosteniendo encarecidamente las manos de ella y a sus lágrimas, no bastó para detener tanta cotidianidad, ni a los innumerables deseos de morir a cada instante. Porque apenas las ganas de vivir se les notaban a algunos pocos que ansiaban llegar hacia algún otro destino que los separaba de sus deseos. Los viajantes que también estuvieron atrapados en aquél terminal por horarios y tiquetes;  Todo lo demás fueron sólo aquellos simples regimientos que postraban al hombre consumidor de la época: La necesidad, y otra sana forma de crucifixión. Ni tan criticable por digno que fuera entre los cientos de hábitos que transformaban al hombre, tanto como vivir de insanas predilecciones, las ganas de comerse al mundo por falta de uno propio, la abrumadora forma de comprender situaciones que nunca buscaron por necesidad de vivir; sino por la espontaneidad propia entre cada momento que surgía, el minuto que remarcaba los corazones, y no la idea de aventura como experiencia reforzada, eso que la gente tanto anhelaba cuando un mero hábito los abrumaba.
 Todos éramos hábitos. Diseñados para vivir entre círculos que difícilmente cambiábamos por falta de seguridad propia… o impropia. Las decisiones que alguien tomaba por deducción a ajenas observaciones. La vida ajena como ejemplo. Pues como habituales seres seguíamos los pasos remarcados en el camino. Y esto también fue digno, puesto que alguien más ya habría triunfado en ese viejo camino. Quién, pues, se atrevería a cuestionarlo.
Oí una voz tentándome desde el costado, casi un susurro seductor disfrazado entre un llanto contenido desde su garganta. “Vete”. Todos se quedaron mirando como en pausa, pero sólo yo había escuchado tanta desolación. Luego la gente comenzó a dar pasos y varias lágrimas se derramaron sobre mi camisa. La miré a ella y con frialdad dije “No”. Y fue tan fácil hacerlo difícil, pero tan difícil verla a los ojos mientras me di vuelta y la dejé atrás, tal y como habíamos acordado.
Logré huir hacia un taxi sin hacerlo dramático. Mi frialdad un cascarón de huevo y mis ojos vidrios a punto de romperse. Y yo entre carriles abandonándola a ella como un a hábito… y regresando a los que ya me habían hecho a mí.
Forzábamos nuestra existencia hacia cualquier pensamiento moderno. La idea de estar con alguien por amor ya era un cliché masoquista; La vida propia en reversa se avasallaba contra los deseos, el común saber implantado entre frases bonitas que publicábamos en las redes sociales y aún así luchábamos por un amor envuelto en papel y letras desteñidas. Y nunca nadie lo afirmaba, sino, al parecer el sentido común con el que nos escudábamos diariamente para vivir sin riesgos…
Lukas Guti
14 de septiembre de 2011.