lunes, 13 de agosto de 2012

Agosto 9 del 2012.


Me vi en el interior de un auto gris, escapando de mí mismo y de la fría ciudad enclavada sobre montañas. Mi felicidad una errónea percepción de la mujer que persiguiera desde entonces, mi infelicidad una historia que comenzara a delinearse entre las carreteras, pero jamás le diera importancia a la posibilidad de finales devastadores cuando las ilusiones eran las máscaras que me cegaran.
Nunca un viaje tan corto se hizo tan largo. La ansiosa idea de poseer un amor y en mi pecho el corazón atropellando los interminables kilómetros que nos separaban. Viví ese corto tiempo en eternidades mentales  y ensoñaciones.
Quizá, entonces, el viaje fue demasiado corto para comprender el hecho de que sólo huía del hombrecillo enclaustrado entre paredes; de la música, la  tinta y los idealismos. El hombrecillo hecho pedazos por sus incapacidades sociales y sus lágrimas remarcadas en las largas noches en que se cuestionara, creyéndose casi especial por ello, pero tan abrumadoramente igual al mundo que aborrecía y que tanto se negara enfrentar. El hombre que buscara cada día un motivo para suicidarse sin tener éxito, al final encontrara un motivo no menos sencillo para vivir: amor. Sí, no era un hombre difícil de complacer.
Su gran dilema fuera la ingenuidad por la que desconociera el mundo, pues él no estaba acostumbrado a vivir como el resto de personas. Él había dedicado casi toda su vida a soñar hasta el punto creerse él mismo tales experiencias. Él era su propia utopía y los sucesos del mundo real le causaban desidia y desesperación, pues decía que el hecho de vivir no garantizaba esa línea inamovible por la que  todos debían hacer sus pasos. “¡Están todos equivocados!” Gritara para sí. Porque gritarlo en las calles sonaría a locura, excepto la vez que lo hizo estando ebrio a media calle y varias personas se burlaron. El hombrecillo argüía que si la humanidad entera se basaba en las experiencias de otros siempre terminarían crucificados. Sin embargo, cuando se enamoró nadie pudo advertirle…
La pereza que lo acogía en los últimos años por realizar actividades productivas lo convirtieron en el hombre que tanto temió. Un hombre de ideales implantados. Un hombre educado por la sociedad. Un hombre normal de los muchos que no contribuían. Debía ser ateo o con ciertas diferencias ante las religiones para mantener su cuadriculada dignidad, pero se desmoronaba cuando veía tantos como él. Tampoco arreglaba el asunto el hecho de que se volviera creyente, aunque estuvo muy cerca de dios cuando tomaba de la mano a su enamorada, no bastó esto para crucificarse a sí mismo, pese a entrar a la Iglesia por simple admiración; por instantes quiso rogar al cielo para que tal cosa jamás terminase… “Es que la vida juega con los hombres”, decía, he aquí su temor hacia la infelicidad. Cuando lo abandonaron decidió odiar incluso el amor en el que creyera, y creó a dios, ¡Sí, lo creó! Para vaciarse en Él de la misma forma en que se vaciaba en las mujeres que ya no amaba.
Lukas Guti.