jueves, 9 de mayo de 2013

Distorsión.



No recuerdo si era de día o de noche, pero el cuarto yacía iluminado por algo más que lámparas o bombillas, no precisamente por la ventanita cubierta con una cortina blanca y transparente,  de esas que mi abuela solía tejer.
Junto a la ventana una mujer  de pie ante una vitrola le daba cuerda y la música resonaba, sin embargo, me fue imposible escucharla. La mujer me daba la espalda, su cabello castaño caía al igual que su vestido aristocrático blanco hasta la cintura y un moño que la adornaba alrededor de ella, hasta sus medias blancas veladas y sus zapatos negros.
Yo permanecí apoyado sobre las piernas de otra mujer. Una que estuvo sentada todo el tiempo en una silla al otro lado del cuarto, al lado de la mesa y frente a la mujer que tocaba la vitrola.
Yo me apoyaba en sus piernas y descansaba mi rostro en su mejilla izquierda, tal regocijo me recordó el amor desinteresado que nos brinda tranquilidad; estuve así por largo tiempo al son de la música que por adormilado apenas distinguía.
Cuando al fin comencé a oír la música descubrí que no la comprendía. No logré determinar armonías que hicieran vibrar mi cuerpo o naturalidad alguna; este era un sonido disparatado que mis sentidos no aceptaban.
La mujer de la vitrola continuó tocando sonidos que provenían de algún otro universo y que colapsaron al mío propio. Me dio pánico escuchar y entender que estaba percibiendo sonidos que ignoraba, de pronto lo establecido se distorsionaba.
Cerré mis ojos con negación, pero el sonido fue insoportable. La negación me brindó un nuevo espanto cuando vi el rostro de la mujer en la que me apoyara un nuevo rostro, estirado e inaceptable, inhumano y asimétrico. Grité con desesperación creyendo que me enloquecía. Grité más y desperté en mi cama con  el corazón desbocado.

 Recordé que los animales percibían la música a veces de maneras insoportables, y que el humano era tan egoísta que sólo creaba música para sí mismo.

Permanecí acostado por largo rato evocando el sueño e intentando no estar perturbado. Al cabo me levanté con desánimo, el silencio rondaba la enorme casa vacía desde las escaleras y los cuartos contiguos.  Como era una casa de campo el murmullo del viento siempre acariciaba las paredes y los ventanales.
Vi mi guitarra apoyada sobre la cama en la que yo dormía cuando iba de visita adónde mis abuelos. Era más fácil dormir con ella a mi lado que intentar guardarla en su estuche en la oscuridad mientras se está somnoliento.
Con emoción quise tocar y cantar varias canciones  aprovechando la soledad y al principio sonaron bien. Pero cuando decidí grabar algunas mi afinación me abandonó. Di varias vueltas por la casa vacía mientras entraba en calor, pronunciando cada vocal con ahínco y estirando mi rostro y mis brazos. Retorné a la guitarra y recorrí los acordes en los que había trabajado toda la semana, una nueva canción que me moría por grabar, pero por alguna razón no pude tocarla o cantarla. Comencé a frustrarme. Toqué varias canciones viejas y aunque los acordes me animaban, la voz apenas me alcanzaba. Está bien, me dije. Aparté la guitarra de mi vista y la miré con desprecio. Me deprimí profundamente y por varios minutos estuve mirando un punto anonadado. Pensé en abandonar la guitarra y mis pretensiones, y mis alaridos.
Sin pensarlo tomé la guitarra nuevamente y toqué una canción que había compuesto meses atrás. Esta vez sonó bien, pero no fue suficiente para animarme. Así que empaqué y caminé con guitarra al hombro, decepcionado, a enclaustrarme en mi casa, en mi cuarto, en mi cubito de paredes  y realidad.
Lo primero que hice cuando llegué fue apartar la guitarra de mi vista y conectar mi laptop sobre mi cama.  Hoy tenía ensayo con la banda, pero yo estaba dispuesto a abandonarlo todo. Pese a todo conecté a mi Skype y uno de mis amigos guitarristas me habló: “¿A qué horas hoy?”, dijo. “No creo que haya ensayo”, le dije.  Seguidamente le aclaré que ya no quería seguir, y le hablé sobre mi frustración previa. “No sea güevón – Dijo – Voy para allá”. Una hora después llegó con su gran guitarra acústica y hablamos de trivialidades.  
Después de repasar varias canciones y de hablar de posibles proyectos decidimos viajar de vuelta a casa de mis abuelos. El lugar más ameno para tocar. Tomamos un taxi con tres guitarras, pues llevamos una de más;  Yo estaba enojado con mi guitarra, así que  toqué con la guitarra de mi amigo y él con la mía; tocamos en el patio, en el cuarto de mi padre, en la terraza o en cualquier otro lugar donde no molestáramos a nadie… al final pude sentirme nuevamente enamorado, y desperté sobre el regazo de una mujer que estuvo todo el tiempo sentada en una silla , al lado de la mesa y frente a la mujer que tocaba la vitrola.

Lukas Guti.
09 de mayo de 2013