sábado, 2 de agosto de 2014



No me enseñaron a olvidar los sueños, pues  fui educado por unos cuantos soñadores:
Mi familia, los libros, algún maestro desbocado y la imaginación.
 Se suponía que rendirse era inaceptable al igual que intentar despertar de tal utopía; ni por las responsabilidades u otra actividad ligada a cualquier sistema de producción.  
Pero sobrevivir ya era bastante complicado como para darse el lujo de soñar… Y es que si no sobrevivías, tampoco sería posible soñar. O simplemente morías intentándolo.
¿Acaso no merecería esto algún respeto?