lunes, 14 de marzo de 2016

Paz

Crecí con miedo. Rodeado de historias de violencia y minas anti persona. Pero en especial, crecí bombardeado, no por las minas, sino por la continua desinformación nacional de respetadísimas cadenas  que uno se atrevía admirar dizque por su gran trabajo; Hoy una simple herramienta del capitalismo.
De mi generación recuerdo las veces que  nuestras madres nos entraban a las 10:45 p.m. en mi barrio porque se rumoreaba que los “paracos” habían declarado toques de queda. Obviamente la fuente de información eran los propios vecinos, y el miedo mediático.  En ese entonces  salir solo a la calle u oír el silencio de las noches y del viento de los valles cercanos era angustiante. Uno podía imaginarse tipos armados hasta los dientes caminando en las calles buscando supuestamente “gente mala”. No obstante, lo máximo que uno veía era el miedo de las personas y los camiones del ejército recogiendo muchachos para llevárselos hacia esa nefasta guerra, de los cuales logré evitar varios con suerte en mi adolescencia.
Cambiar de ciudad  tampoco transformaba la expectativa ni el ambiente de desolación, nublado sólo por los edificios y el humo de los carros. Uno se imaginaba esos montes llenos de bala, fusiles  y odiseas, pero era poco lo que realmente se sabía de estos conflictos, más que lo que mostraban en televisión.
A los catorce, entre las instituciones, se topaba uno con docentes de ciencias-sociales indignados que celebraban la izquierda o la rebeldía con prudencia. Era confuso pertenecer a algo.  Nos alentaban a ser un pueblo no sumiso, puesto que varios países en Latinoamérica derrocaran gobiernos a lo largo de la historia. Lo único claro en ese entonces fue  que aprendimos a vivir entre el conflicto. O al menos, aprendimos a ignorarlo pese a los miedos.
Creo que mi generación fue una brecha entre la última generación que se levantó en contra del sistema, y de las nuevas generaciones que sentaron cabeza obligadamente, educados por el entretenimiento. Actualmente, me entristece pensar en aquello que me he convertido. Pues con veintiocho años sigo siendo un soñador entre rediles de un mierdero…  y observo a las nuevas generaciones sujetas a un estilo de vida sin visión,  cuadriculado, a imagen y semejanza del sistema de consumo.
Con la Masacre del Salado, desenterré ese granito de sensibilidad que aún quedaba en mi alma después de tantos años entre paredes… y por fortuna, descubrí  que existe una generación intermedia de jóvenes que nos educa y nos recuerda tanto a los viejos como a los nacidos esta falta de memoria. He aquí la mejor de las rebeliones. Ojalá no se convierta en un “escampadero”.  

Lukas Guti

12 de marzo del 2016.