lunes, 27 de noviembre de 2017

Sobre un músico de corazón




No soy músico de profesión. Quizá lo soy de corazón, si es que se puede fungir  tal cosa con el corazón. Sea esto lo más importante a la hora de crear, pues si con el alma y el corazón no se crean pequeñas maravillas y milagros no sé qué otra cosa lo haría. Ni siquiera el virtuosismo tiene tanta responsabilidad en la creación. El virtuosismo, creo yo, es la genialidad para interpretar aquella creación. Pero de interpretar a crear existe una brecha indiscutible, siendo que he visto músicos virtuosísimos en técnica que son incapaces de crear... y compositores no tan virtuosos cuyas creaciones son complementadas por la interpretación de terceros. Sin embargo, existen los músicos que agraciadamente poseen originalidad, disciplina y genialidad.  A unos nos toca comenzar con lo que se nos ha dado, incluso lidiar contra la pereza a la hora de perfeccionar o mejorar la composición propia.
Ahora bien, como "músico de corazón", quiero describir cómo un particular ajeno a la academia y a las disciplinas puede lograr componer algo, aunque fuera inevitable no sentirse abrumado por no saber. Estoy de acuerdo, desde  la oscuridad de mi ignorancia, que estudiar no es la única solución para lograr componer algo. Pues saber de acordes, escalas o armonía no sirve de nada si se carece de imaginación... y la imaginación no sirve de nada si el alma no está comprometida con el poder de creer en ello profundamente.
En mi experiencia con la guitarra, componer significa sentarse horas a solas con uno mismo; sentarse sumido en pensamientos sin concluir e imaginando historias, sin entender sobre armonía, modos o escalas, y averiguar por mero sentimiento cómo una figura funciona con otra; Sin dilucidar por qué las disonancias o las tensiones que ya por corazón u oído empatan como eslabones pero que, no obstante, tocan el alma.   Así se va escribiendo un cuento a través del diapasón, como un camino laberíntico que va y viene de  notas agudas y graves, y viceversa. Al principio es un proceso lento de repetición mientras se memorizan estos descubrimientos.  A veces se llega a encrucijadas que lo obligan a uno a tomar un rumbo diferente entre acordes o arpegios... o ritmos,  meses estancado ya sea por ignorancia o por falta de inspiración. ¿Quién podría decirlo? De hecho, sentarse a componer es similar a sentarse a escribir... La diferencia es que uno no llena una página en blanco sino un espacio en la mente. Al menos en mi caso, que no escribo las canciones en pentagramas sino que las memorizo.
A la hora de componer, tomar la guitarra en las manos y sentarse con la idea de crear algo es como sentarse en medio de un mar infinito y oscuro, alusivo a mi ignorancia. Y a partir de allí un hombre empequeñecido por la inmensidad  ilumina sus propias creaciones cada vez que encuentra el sonido perfecto para cada eslabón. Así, una vez finalizado el barco con el que navega solo por este mar siniestro (la armonía), comienza lo que yo diría es el bordeado de tal armonía: La letra. Así es, pienso que un compositor no debería afanarse por escribir letras de canciones, sino más bien por construir ese barco de armonías que van a cargar con las letras. Pues una vez construidas, las letras pueden navegar libremente por otros mares...
Ya en este punto, para alguien tan indisciplinado como yo, es cuando llegan estos músicos estudiosos y disciplinados que se montan contigo en el barco... y surge la magia en toda esa oscuridad.

Lukas Guti.
27/11/2017.