martes, 20 de septiembre de 2011

Quince centímetros

Quince centímetros pegada del suelo y caminando sobre zapatillas negras y brillantes. Algunos creyeron haberla visto en un cuento que rondaba  urbanamente por varias décadas, pero la niña no tuvo nada que ver con esta historia difícilmente infantil.
Los que tuvieron oportunidad de verla jamás estuvieron del todo conscientes. La niña jugueteaba con mentes ebrias o cansadas, y la sociedad apenas lograba aceptarla cual si fuera un mito reinventado.
La niña buscaba entre los escombros de los hombres la forma inocente de escabullirse, casi como un gusano penetrando una manzana, y entre los cerebros de la humanidad.
Pocos lograron entender el surgimiento de tan feérica aparición, puesto que la incredulidad logró incluso por un tiempo desaparecer los pasitos tiernos de la niña sobre las ciudadelas.
Los niños, igual en casi cualquier historia, eran los que lograban verla más a menudo; pero esto era de esperarse cuando eran los niños los únicos que el mundo aún no transgredía con sus filosofías… al menos hasta cierta edad. Sin embargo, la niña de quince centímetros no era ningún hada traedora de sueños o de alguna otra fábula desesperada, sino la propia forma en que la incredulidad del hombre edificaba la forma de vida.
En una ocasión la niña de quince centímetros caminó a lo largo de un parque solitario. Era muy entrada la noche y pocos hubiesen logrado topársela de no haber sido por lo corrompidos que éramos. La noche siempre fue una forma disimulada de auto flagelarse, y es que la oscuridad siempre fue mucho más atractiva que la luz.
Había un hombre sentado en una silla de concreto. En silencio, cubriendo su rostro con un sombrero y una chaqueta que le cubría el cuello. Era joven y fumaba un cigarrillo de marca ilegible, de esas que casi cualquier producto como los que  hoy memorizábamos por simple mecánica.
La niña de quince centímetros llegó hasta sus pies y se sentó en la punta del zapato derecho del hombre, y este sin inmutarse siguió fumando su cigarrillo.
A la niña le sorprendió la frialdad del aquél hombre y llegó a pensar que quizá no habría notado su ligera presencia, por lo que saltó sobre la punta del pie del hombre pero este siguió tan vacío como sus ojos marrones postrados en la oscuridad.
La niña comenzó a cantar dulcemente y por primera vez notó que el mundo definitivamente no la notaba. La inmutable presencia del hombre la hicieron sentirse más pequeña y logró abrumarse cuando miró los grandes árboles a su alrededor.
Pero no sólo eran los árboles sino la forma en como se pronunciaba la vida. Ella era suficientemente pequeña como para que este hombre la aplastara, y por primera vez se sintió acogida por un desconocido al que sólo intentaba confundir.
-          Yo no soy hombre de este mundo –Dijo.
Ella se encogió de hombros y le respondió de igual forma. Hubo un silencio aterrador que reveló los silbidos del viento. La niña miró sus zapatos y vio que estaban rotos, al igual que su vestido. Había crecido en cuánto oyó las palabras del hombre.
-          Pudiste ocultarte pero preferiste darle motivos a un pobre hombre devastado. –Dijo de nuevo el hombre.
La niña creció de nuevo. Y corrió lejos de allí entre arbustos y pastizales. Corrió fuera del parque hacia las calles vacías iluminadas por semáforos. Y entre uno de tantos almacenes notó su figura reflejada en uno de los grandes cristales; ya no era una niña de quince centímetros, sino una mujer maltratada por el mundo… casi una furcia que corría desnuda entre las calles, y aquel misterioso hombre que la volvió mujer…


Lukas Guti.
20 de septiembre de 2011